You are here

Jesús T. Piñero: su vigencia hoy (por Jaime Partsch McMillan)

Conferencia ofrecida el jueves, 22 de abril de 2004 en la Biblioteca
de la Universidad del Este, Carolina, Puerto Rico en la
inauguración de la Colección Jesús T. Piñero


Durante mis años de maestro de historia a nivel de escuela superior, inevitablemente, todos los años, por lo menos uno de mis estudiantes me hacía la pregunta obligada en todos los cursos de historia. “¿Para qué sirve estudiar la historia, si todas estas personas ya están muertas?” Y yo, todos los años, trataba de evitar responderle con las frases de rigor que suelen utilizar los maestros de historia – frases tales como “para no repetir los errores del pasado”, o “para aprender de los hombres y las mujeres del pasado”, o simplemente “para ejercer la memoria”. Ahora, nunca pude dudar ni dudo hoy de la validez de la pregunta. Y creo que una pregunta similar puede formularse hoy con respecto a esta actividad. “¿Para qué estudiar la historia de un hombre que falleció hace más de cincuenta años? ¿Qué tiene que ver un hombre como Jesús T. Piñero con el Puerto Rico de hoy, con los problemas, o mas bien, mega-problemas, que existen en esta sociedad? Con tantas y tantas situaciones urgentes que exigen una atención ponderada y constante, ¿por qué dedicar tiempo, esfuerzo, y recursos, a estudiar la vida de un hombre que pertenece al pasado? Aun más, ¿qué tiene que ver Piñero con la Universidad, con los retos y las labores de los universitarios del siglo XXI? Estas preguntas también son válidas. Merecen respuestas e intentaré formular algunas esta mañana.

Creo que no exagero si afirmo que Jesús T. Piñero es una de las figuras mayores más olvidadas del siglo XX en Puerto Rico. El ciudadano promedio sabe, a lo mejor, que Piñero fue el primer gobernador puertorriqueño. Algunos saben que fue Comisionado Residente. Otros que fue amigo y colaborador de Muñoz Marín. Y quizá algunos saben que fue el dueño de una casa color rosado que se encuentra en la 65 de Infantería frente a la entrada al hipódromo. Seguramente, el nombre de Piñero es más conocido por la avenida que lleva su nombre que por ninguno de los hechos anteriores. No es importante aquí señalar la causa de esta amnesia colectiva. Piñero no es el único gran hombre que ha sido relegado al rincón del olvido. Lo que sí es importante rescatar de las sombras es el significado de su vida. Hay una riqueza en la vida, en las acciones, los valores e ideales de este hombre que pueden beneficiarnos a todos. El legado de Piñero es una especie de tesoro escondido. Veamos de qué consiste este tesoro.

Antes de hablar de la vida de este hombre hay que establecer a grandes rasgos algunas de las características del mundo que lo rodeó. En particular, hay que ver el mundo de las décadas de 1930 y 1940, época en que desarrolló su carrera de servicio público. Sabemos que fueron años extremadamente conflictivos en Puerto Rico. Los estragos de la Gran Depresión que sacudieron los cimientos del capitalismo en los Estados Unidos y a nivel mundial, en Puerto Rico empobrecieron aún más a un pueblo que ya luchaba por su sobrevivencia. El azúcar dominaba prácticamente todos los aspectos de la vida diaria de las masas. El poder económico, político y social de los grandes intereses absentistas, apoyado por un régimen político abiertamente colonial, rechazaba cualquier cuestionamiento, por mínimo que fuese, de su hegemonía. Las llamadas “fuerzas vivas” luchaban para mantener su control sobre la sociedad. Las agrupaciones políticas, divididas entre aliancistas y coalicionistas, entre liberales y republicanos, luchaban por controlar el acceso a los fondos públicos y el patronazgo político. Mientras tanto, desde 1930, el Partido Nacionalista, bajo la dirección de Don Pedro Albizu Campos, desarrolló una política de confrontación directa con el poder metropolitano.

A nivel mundial también se levantaron las fuerzas del nazismo y el fascismo. El odio, la xenofobia y el racismo asumieron formas y poderes jamás vistos en la historia de la humanidad. A la vez, los pueblos coloniales reforzaron sus luchas de emancipación. Dentro de este escenario, polarizado y violento, Jesús T. Piñero desarrolló su vida de servicio.

Antes de examinar la carrera de este hombre y su significado hoy, creo que conviene analizar la personalidad de Piñero. Después de todo, es él quien ha dado pie a nuestra presencia aquí esta mañana. Definitivamente no quiero someterles a ustedes a tener que escuchar una letanía de fechas y acontecimientos que poco podrían significar y que podrían hasta disminuir el significado de esta actividad. Pero, en el caso de Piñero, creo que es necesario traer a nuestra memoria ciertos datos sobre su persona. Y creo que en el caso de este hombre, ejercer la memoria es un acto de responsabilidad cívica e intelectual.

Comienzo señalando, antes que nada, una de las principales características de Don Jesús, un rasgo de su personalidad que fue señalada prácticamente por unanimidad por todas las personas que lo conocían: la bondad. Jesús T. Piñero era un hombre “bueno”. Su amigo y compañero de luchas, Don Luis Muñoz Marín, dijo que más que un buen hombre, Piñero era un hombre bueno en el sentido más amplio de la palabra. También dijo Muñoz que no usaba la “T” de su segundo nombre Toribio cuando se refería a Jesús Piñero porque los santos no tenían iniciales. En testimonios, entrevistas, artículos y ensayos sobre la vida de este hombre, sale constantemente la afirmación de la bondad, la generosidad, la candidez de esta figura. Y aunque la palabra bondad, o el ser “bueno”, puede sonar superficial, baladí o irrelevante, si queremos hablar de la vigencia de Piñero hoy, si uno quiere medir su posible aportación al Puerto Rico del siglo 21, no se debe subestimar la importancia de este valor fundamental. Y cuando hablamos de la bondad de Piñero no estamos proponiendo su canonización ni proponemos fabricar otra figura venerable para ofrecer a las masas. Estamos hablando de un hombre, con sus limitaciones y errores, quien durante su corta vida de 55 años trató de hacer el bien según se lo dictaba su conciencia. Y en el caso de Piñero, y de la misma manera en que sucede con tantos hombres y mujeres, el pueblo se ha olvidado de un hombre verdaderamente bueno. Esta bondad se fundamentaba en el respeto más firme a la dignidad de los seres humanos. El cinismo, el ataque personalista, el chisme, no formaban parte de su acción política. Ganó el respeto de su pueblo ejerciendo ese mismo respeto hacia sus compatriotas.

En general, los medios masivos hoy no proponen al hombre “bueno” como paradigma para el éxito. Más bien, el hombre listo, el hombre astuto, el agresivo, el hombre que puede jugar con la verdad y con los escrúpulos es el que aparece como el modelo a seguir. Los hombres buenos, como dice el refrán, terminan último, si es que llegan a competir. Sin embargo, considero que el desencanto que tantas personas viven hoy con los patrones de conducta, con los modelos de comportamiento creados por los medios, es un indicio del deseo de muchos puertorriqueños del siglo XXI de encontrar otra manera de ser “exitoso” que tome en cuenta cualidades tan aparentemente secundarias como la “bondad”. Jesús T. Piñero participó activamente, y con cierto éxito, en la vida económica, social, política y cultural de su época, sin perder su sensibilidad humana, sin dejarse dominar por la ambición, el afán de riqueza ni el cinismo. Esto en sí es un gran logro.

Una segunda característica de Piñero es su inteligencia. El psicólogo norteamericano Howard Gardner ha desarrollado la teoría de las inteligencias múltiples. Según este modelo, la inteligencia humana no puede ser medida solamente por las tareas académicas ni las pruebas de “IQ”. Al contrario, los seres humanos desarrollamos y ejercemos la inteligencia en varios campos de acción y cada uno de estos campos tiene sus propias exigencias para la inteligencia humana. Una de las manifestaciones de ella es lo que Gardner llama la inteligencia “interpersonal”. Según la teoría, esta inteligencia se caracteriza por la capacidad de entender las acciones e ideas de otras personas. Exige que la persona entienda y responda a los deseos, expectativas, ideas y conducta de los demás. Las personas que desarrollan esta clase de inteligencia tienen una gran capacidad para entender los comportamientos tanto de individuos como de grupos. Son personas que ejercen la empatía. Personas con inteligencia interpersonal van construyendo sus ideales y valores a base de sus propias experiencias y sus reflexiones sobre ellas. En vez de utilizar las matemáticas, las ciencias, o las artes como instrumentos para entender y cambiar el mundo, el individuo con la inteligencia interpersonal, intenta ordenar y entender su mundo a través de sus experiencias con otros seres humanos y las lecciones que aprende de ellas. Me parece que Piñero poseía una inteligencia interpersonal extraordinaria. No era un hombre dogmático. No era doctrinario. No invertía tiempo ni energía en la elaboración de principios elevados ni discursos. De hecho, cuando los reporteros de los periódicos de la época le preguntaron a qué se debía su éxito en la política y su gran popularidad, Piñero contestó: “No doy discursos políticos.” Fue a través de su trato con la gente que le rodeaba y sus propias reflexiones que Jesús T. Piñero fue construyendo su visión del mundo y sus intentos por transformarlo.

Como ejemplo de la ausencia del dogmatismo en su vida podemos señalar el hecho de que Piñero perteneció a y fue activo en tres partidos políticos diferentes durante su vida. Durante su juventud fue miembro del Partido Republicano y fue electo a la Asamblea Municipal de Carolina por el Partido Unión Republicana. Luego, ingresó al Partido Liberal y se postuló, sin éxito, para Representante a la Cámara por esa colectividad en las elecciones de 1936. Y desde 1938 ayudó a fundar el Partido Popular Democrático, siendo él uno de los principales responsables por la inscripción del mismo. Para Piñero, los partidos eran medios para lograr un objetivo. El poder político no era un fin en sí mismo, sino más bien, un instrumento para producir mayor bienestar en una sociedad.

En 1934 presidía la Asociación de Colonos de la Caña. Luchó para lograr la aplicación de los beneficios de la ley federal “Costigan-Jones” a los agricultores. Pudo ver como sus compañeros del Partido Republicano defendieron los intereses de las grandes corporaciones ausentistas frente a las enormes y dramáticas necesidades del agricultor y del campesino. Esto produjo un conflicto en la conciencia de Piñero que le llevó a abandonar las filas del republicanismo e ingresar al Partido Liberal. Dos años después vio como el Partido Liberal dio la espalda al nuevo liderato que surgía al expulsar a Muñoz Marín y a sus colaboradores. De nuevo, su conciencia y sus lealtades lo llevaron al salir de este partido también. Y cuando parecía que moría el sueño de formar una nueva agrupación política que defendiera al campesino e hiciera frente a los grandes intereses, Jesús T. Piñero respondió a su conciencia, al deseo de hacer el bien, y logró la inscripción del Partido Popular Democrático.

Me parece que éste es un claro ejemplo de la vigencia de Piñero hoy. La práctica de la política como el ejercicio del poder para lograr el mayor bien para el mayor número de personas nos hace falta hoy. Al asumir la gobernación de Puerto Rico en 1946, Piñero declaró que su administración era un “gobierno de pobres para pobres”. Uno de sus primeros actos como gobernador fue reducir en más de la mitad el número de guardias en la Fortaleza. Insistió en utilizar su propio carro para transportarse y en pagar de su propio bolsillo sus gastos de transportación. Aunque parece increíble, el presupuesto del gobierno en su segundo año de gobernación fue menor que el del primer año. Insistió en la eficiencia y la austeridad en los servicios públicos. Cuando vetó el proyecto legislativo que aprobaba diez mil dólares para enviar la primera delegación puertorriqueña a las Olimpiadas de Londres en 1948, alegó que sería más provechoso para los puertorriqueños que ese dinero se utilizara comprando bates y bolas y creando parques de pelota para los niños del país que enviando a unos pocos a las competencias internacionales. Y que conste, que Piñero apoyó la participación de Puerto Rico en la olimpiadas.

¿De dónde surgió en Don Jesús el deseo de servir, de participar en la política? Nació en una familia de propietarios y comerciantes que por dos generaciones había jugado un papel de cierta importancia económica y política en el pueblo de Carolina. Sus abuelos y tíos, tanto paternos como maternos, los Piñero y los Jiménez, además de su padre, habían sido alcaldes y concejales en el ayuntamiento, además de comisarios de barrio. Su abuelo paterno estableció el primer matadero del pueblo. Creció en un ambiente en que las actividades económicas y políticas eran inseparables. Aprendió esta lección y la vivió toda su vida.

Y se puede preguntar: ¿Y qué tiene que ver Jesús T. Piñero con la universidad? Sabemos que él estudió en la Universidad de Puerto Rico y en la Universidad de Pennsylvania. Sin embargo, no está claro que se haya graduado. Su espíritu inquieto lo movió hacia otras actividades. Esto no quiere decir que Piñero no apreciaba el mundo intelectual o que no valorizaba las aportaciones de las universidades a la sociedad. Prueba de esto es el hecho de que él fue el primer Presidente de la primera Junta de Síndicos del Puerto Rico Junior College, hoy el Sistema Universitario Ana G. Méndez. Su amistad con Doña Ana y su fe en el valor de la educación lo llevaron a asumir este compromiso hasta el momento de su muerte. También fue uno de los signatarios de la carta fundacional de la Universidad Católica en Ponce.

Más aún, Piñero no sólo apoyaba las universidades y los estudios universitarios. El mismo poseía una actitud universitaria. Poseía una mente amplia y una enorme curiosidad. Le interesaban las plantas y los animales, la tecnología, la literatura, la política, la ciencia, la historia. Tenía gran interés en los nuevos movimientos sociales y políticos. De hecho, su interés y curiosidad le ganaron una investigación por parte del F.B.I. Durante la década de los cuarenta, los comienzos de la Guerra Fría, el archifamoso director del Negociado Federal de Investigaciones o el “F.B.I.”, J. Edgar Hoover, ordenó a sus agentes a rastrear la correspondencia de Piñero y éstos descubrieron con horror, que Don Jesús recibía literatura de la Embajada Soviética en Washington. Claro, para Piñero estas publicaciones respondían a su interés en conocer lo que pasaba en aquella región del mundo. Tenía interés en cómo funcionaba el sistema soviético, en saber cómo el nuevo sistema económico y político cambiaba la vida de los agricultores. Pero para Hoover, sin embargo, esto comprobó que Don Jesús, tenía sin duda, “tendencias comunistas”.

Como otro ejemplo de su mentalidad universitaria, en 1948, la Comisión del Caribe propuso publicar un estudio sobre los problemas poblacionales en la región. El informe incluyó el tema del control de la natalidad. Los gobiernos metropolitanos de las Antillas Francesas y Británicas pidieron que no se publicara el informe ya que el mismo podría producir choques con la Iglesia Católica. Para Piñero, en ese entonces gobernador de la Isla, el tema no era un problema, ya que según él, en Puerto Rico se discutía el tema libremente, gústele o no a los católicos.

La actitud universitaria de Piñero también tiene gran vigencia para nuestro mundo actual. Padecemos los estragos del fanatismo, de múltiples fanatismos. Las sectas fundamentalistas, tanto islámicas como cristianas, igual que los fanatismos políticos, persiguen el fin de cerrar los ojos y las mentes de millones de seres humanos para imponerles el velo de una fe ciega y esclavizante. El terrorismo intenta manipular las decisiones de países y multitudes a través de la violencia más cruda con las armas del miedo. Frente a estos fanatismos, la razón, el pensamiento y el diálogo son los medios más preciados para construir una sociedad realmente humana. Estas son características de un hombre como Jesús T. Piñero y deben ser el modus operandi de toda universidad y de los universitarios. La tolerancia, la fe en el ser humano y en la razón que guiaban la conducta de Piñero pueden enseñarnos mucho al sistema universitario.

Jesús T. Piñero se consideraba a sí mismo como un hombre “moderno”. Era una especie de “apóstol de la modernidad”. Tenía una enorme y muy sólida fe en la fuerza y la eficacia de la ciencia, la tecnología, la investigación sistemática. Le apasionaban los adelantos científicos de su época. Sabemos que fue un pionero de la radio en Puerto Rico. Fue el segundo radioaficionado en la Isla y miembro del “American Radio League” en Puerto Rico. Su número de licencia fue el 4KT. Con la ayuda de unas revistas logró construir él mismo, en su casa, un aparato de recepción radiotelegráfica.

Lo que fue típico en este hombre fue la necesidad de no tan sólo investigar y experimentar con los conocimientos científicos sino propagarlos de modo que otros se beneficiaran de ellos. Su interés en la radio lo llevó a formar, junto con otros radioaficionados, en 1922 la organización “Porto Rico Radio Club”. Al final del primer año de su existencia, este grupo ya contaba con más de 400 socios. Y, junto con la organización del Club, Piñero colaboró con la publicación de un boletín editado en inglés y español, Porto Rico Radio News. En esta publicación Piñero se encargaba de los editoriales en español y de las caricaturas.* Miembros del club también organizaron clases sobre la radio que transmitieron por la ondas radiales y llegaron a montar su propia estación transmisora.

Sin duda Piñero era un propagandista innato. Compartió no tan sólo recursos económicos de su propio bolsillo para el beneficio de muchos sino también comunicó su entusiasmo por la ciencia, la tecnología, por todo lo que él consideraba un adelanto para la sociedad. Se ocupó de esparcir el conocimiento y la tecnología en su medioambiente.

Sabemos también que tenía un profundo interés en la fotografía y la cinematografía. En muchas ocasiones utilizaron fotos tomadas por él para ilustrar las páginas del periódico El Batey, la publicación oficial del Partido Popular Democrático. Fue también pionero en el campo de la educación de la comunidad. De nuevo, su interés en la fotografía y el cine lo llevó a querer compartir la riqueza de estos medios con los demás. Piñero cargaba con su proyector y con películas que él había conseguido sobre diversos temas de la salud, y visitaba los campos para divulgar los últimos conocimientos sanitarios entre los jíbaros de la montaña. Con una sábana como pantalla de cine, utilizaba los medios más modernos de su época para llevar a las comunidades pobres las imágenes del mundo del progreso que él aspiraba implantar en Puerto Rico. Fue un verdadero precursor de lo que luego sería la División de Educación de la Comunidad. De hecho, fue bajo la gobernación de Piñero, que un grupo de hombres y mujeres con mucho talento y pocos recursos, personas tales como Jack Delano, Edwin Rosskam, y Amilcar Tirado, crearon dentro de la Comisión de Parques y Recreos Públicos la oficina de la “División de Educación Visual”, que más tarde se convirtió en “Educación de la Comunidad”**.

Don Jesús estaba convencido de la función social del conocimiento científico y de la obligación de los intelectuales y científicos a divulgar el conocimiento. El elitismo académico era ajeno al espíritu de Piñero. Todo conocimiento conlleva una responsabilidad social. Como un hombre “moderno” estaba convencido de que los adelantos tecnológicos traerían adelantos sociales.

Quizás el mejor ejemplo de su fe en la modernidad se percibe en su participación en los proyectos de la compañía “Long Construction” y proyectos tales como los edificios Darlington y urbanizaciones como Caparra Terrace. Desgraciadamente, estos proyectos que él asumió con tanta ilusión y esperanza, lo llevaron, a la larga, a los días más oscuros de su vida. Piñero conocía la desesperante situación de vivienda que sufrían miles de personas. Irónicamente, el mismo proceso de industrialización que impulsaba Piñero alimentó los arrabales de San Juan con la migración masiva de campesinos de las zonas rurales a las ciudades. Él vió en la construcción en masa de hogares seguros, construidos con materiales “modernos”, una solución a esta crisis.

Hoy, nuestro mundo “post-moderno” mira con escepticismo a las promesas de lo moderno. La era atómica nos ha hecho dudar de la neutralidad de los medios modernos y de la ciencia. La desolación de nuestros paisajes a manos de los llamados “desarrollistas” ha erosionado la fe de muchos en los megaproyectos de urbanización. Los laberintos de cemento y asfalto que hoy llenan el área metropolitana nos podrían llevar a cuestionar el valor de esta aportación de Piñero y sus colaboradores. Pero lo que sí podemos afirmar es el compromiso de este hombre de buscar soluciones y caminos para atender las situaciones infrahumanas de miles de sus compatriotas.

Piñero tenía una gran fe en la imaginación. Fue un hombre creativo y creador. La política para él fue un ejercicio de la creatividad y la imaginación. Era un esfuerzo por hacer realidad un sueño, una visión. Sin duda, nuestra vida política y social en los comienzos del siglo XXI adolece de visión, ilusión y creatividad. Adolece de la sensibilidad humana necesaria para crear grandes proyectos. No necesitamos proyectos grandes. Los desarrollistas nos abruman con enormes construcciones de cemento y asfalto. Sin embargo, hacen falta grandes sueños, grandes ilusiones, que motiven a crear un Puerto Rico que se pueda medir por la grandeza de sus ideales, de sus valores, de su empeño en crear una sociedad más humana. Sin duda, la figura de Piñero tiene mucho que aportar a la creación de ese sueño.

Veremos a continuación un segmento de la película “Jesús T. Piñero”. La misma se produjo en 1948. Copia de ella se guarda aquí en la Colección Piñero. La original se encuentra en el Archivo de Imágenes en Movimiento del Archivo General de Puerto Rico. La comparto con ustedes esta mañana por varias razones. Primero, para darnos una mejor imagen de cómo era este hombre. Segundo, para invitarles a pasar por la Colección Piñero para ver más sobre este hombre y tercero, para ver algo de la ilusión de una época. Sin duda, esta película se creó con algunos fines propagandísticos. El nombramiento del primer gobernador puertorriqueño fue saludado por muchos, incluyendo el gobierno de los Estados Unidos, como un gran logro de los puertorriqueños y en particular de Muñoz Marín y sus seguidores. Se sabe que el Departamento de Estado de los Estados Unidos envió a Puerto Rico un equipo de cine para filmar la juramentación de Piñero. Luego hicieron copias de la misma para distribuir en América Latina como evidencia del proceso de auto-determinación que el nombramiento de Piñero supuestamente significaba.

Sin embargo, esta película refleja algo también de la ilusión de una época. Existía la ilusión, la esperanza, de encontrar caminos de dignidad. Debemos recordar aquí, que el último gobernador norteamericano en Puerto Rico y antecesor de Piñero, Rexford G. Tugwell, había señalado que el sentido de dignidad que poseían los puertorriqueños era una especie de enfermedad, de debilidad congénita, y que, si la Isla iba a progresar, había que extirpar de la mente y del corazón de los puertorriqueños este maligna noción de “dignidad”. Para Tugwell, el concepto de “dignidad” de los puertorriqueños era un enorme obstáculo al progreso. En parte, la película “Jesús T. Piñero” es una respuesta al nefasto diagnóstico de Tugwell. Es una afirmación que, aunque pequeño, el nombramiento de Piñero a la gobernación era un paso adelante en el camino hacia un futuro de mayor dignidad. Se respira en esta producción el orgullo que sentían muchos al saber que por primera vez en cuatrocientos años, uno de los suyos, el “jíbaro de Carolina”, ocupaba el lugar de Gobernador en La Fortaleza. El propio Piñero estaba muy consciente de las limitaciones que conllevaba ser gobernador por nombramiento presidencial. Sin embargo, vio en el la oportunidad de dar continuidad y de ampliar los avances hacia la plena auto-determinación y libertad que él y otros anhelaban. Veamos ahora los primeros minutos de la película “Jesús T. Piñero”.

*Consejo Superior de Enseñanza, Caminos del Aire (1951), págs. 24 – 29.
** Idilio tropical, historia del cine en Puerto Rico. “Educación de la comunidad”, pp. 29-30.