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La migración y sus efectos en el ente antillano (por Natalia Prats)

Comentan los conocedores de la materia caribeñista que el siglo XXI le pertenece a Latinoamérica. El siglo XXI le pertenece a una Latinoamérica que ha sido “olvidada” por los boyantes comercios del “primer mundo”. Nos pertenece este siglo por exigencia intrínseca, por reivindicación, por necesidad y por mera obligación hacia los caribeños, tantas veces ocupados, tantas veces oprimidos, tantas veces rebelados.

Desgraciadamente existen voces que alegan que nos hemos sometido a un suicidio voluntario. Específicamente el puertorriqueño, distanciado de su realidad caribeñista para mirar hacia arriba, no necesariamente en busca de Dios, sino en busca de Nueva York. Edgardo Rodríguez Juliá, por su parte, vive en busca del mundo anestesiado en la memoria cristalizado de su abuelo y en la del. El “proyecto caribeñista” (1) no incluye, según Juliá, a los puertorriqueños o peor aún no queremos ser incluidos. Sin embargo, desconocido Juliá, desde hoy te avisamos que no seremos olvidados y no hemos sido olvidado.

Si podemos hablar, en círculos académicos, de una cuenca del Caribe, de un caribe etno-histórico, geopolítico, y cultural podemos hablar de un Caribe que necesariamente nos incluye (Puerto Rico) como protagonista en cualquiera de las antes mencionadas.(2i)

En la incertidumbre que representa ser una colonia subordinada y coartada de ciertos derechos soberanos e internacionales, continua existiendo la posibilidad de aunar fuerzas con nuestros hermanos antillanos. Existen un sinnúmero de proyectos extraoficiales que van de la mano de la sociedad civil, académicos, estudiantes, intercambios artísticos y deportivos y diversos otros proyectos que continúa ligándonos al proyecto caribeñistas. El proyecto se escribe en lugares como el CEAPR y la UPR donde se pretende perpetuar la realidad histórica que compartimos.

Es necesario describir someramente los procesos responsables en desarrollar y conectar a Latinoamérica y en nuestro caso específico, a la región Caribena. Un hombre solo en una isla no es un hombre. Nos reconocemos a través del otro. Por ende es tan necesario la relación entre los diversos entes sociales.

Desde inicios remotos, nuestro habitáculo se rellenó con arahuacos provenientes del continente sureño que a su vez se desplazaban de isla en isla buscando terruños fértiles para sobrevivir. No presagiaban la llegada de hombres barbudos, aunque los aztecas habían pronosticado la llegada de algo similar, y les tomó por sorpresa, igual que para nuestros lanudos latinos que hallaron las islas “desconocidas” para el mundo europeo. Y digo para el mundo europeo ya que efectivamente se apropiaron de civilizaciones enteras a través de trabajo forzado, voluntades quebrantadas y epidémicas enfermedades, diezmando dramáticamente poblaciones enteras.

Para subsanar los efectos de falta de poblaciones acuden a importar mano de obra esclava. Las desarraigadas tribus Africanas se sometieron involuntariamente a las inclemencias de un desconocido mundo y a la terrible estructura esclavista impuesta en el mundo americano al Africano y al desplazado indígena.

El sistema esclavista se manifestó de manera más bárbara en la antilla francesa, Haití. La más rica de las antillas y productora de azúcar, dependía de la excesiva importación de esclavos. Esto conllevo a una mayor representación numérica de esclavos que de los colonos blancos. La práctica esclavista según Pierre Charles incidía en “ la elaboración de toda una teoría de la superioridad racial del opresor sobre el oprimido para buscar con ello racionalizar y perpetuar esta miserable situación.”(3)

Sin embargo, la miserable situación de esclavos encontraría su fin en 1791. Un grito de rebelión consumió a la antilla definitivamente, acabando con la vida de cientos de antiguos hacendados franceses. Las “victimas” tuvieron que emigrar forzosamente a las antillas vecinas trayendo consigo sus francos apellidos y su conocimiento empresarial y capitalista. Las rebeliones surtieron sus efectos en otras antillas como Puerto Rico ya que respondiendo al miedo de una sublevación en la isla se crearon leyes para controlar y subordinar aun más a los negros y mulatos de la isla como fue el caso del Bando Contra la Raza Africana de Juan Prim.

El intercambio migratorio antillano ha sido una práctica acérrima de los isleños desde las primeras centurias de nuestra existencia. Desde los tainos hasta los esclavos que se escapaban de las antillas menores porque se les prometía libertad en Puerto Rico debido a la necesidad de mano de obra y a la despoblación, ha existido la migración. Hoy existe la situación de los indocumentados dominicanos que llegan a la isla buscando mejores condiciones de vida pero en el siglo XIX eran los puertorriqueños los que se iban a la República Dominicana. Después del 60 comienzan los intensos influjos de inmigrantes cubanos huyendo del nuevo instaurado régimen revolucionario en Cuba que atentó en contra de las estructuraras semi- capitalistas y oligárquicas que estaban establecidas en Cuba. Puerto Rico representa un destino de gran atractivo para estas comunidades ya que no solo es una antilla hispano parlante sino que es una apertura al mundo estadounidense. Puerto Rico es como un puente de tránsito entre dos divergentes mundos.

El fenómeno articulado en el siglo XX y XXI ha visto como los colonizados colonizan al antiguo imperio colonizador demostrando a su vez, una de las más drásticas manifestaciones de desplazamientos humanos en décadas recientes. La inevitable globalización, definida por Néstor García Canclini como “una etapa histórica configurada en la segunda mitad del siglo XX, en la cual la convergencia de procesos económicos, financieros, comunicacionales y migraciones que acentúa la interdependencia entre vastos sectores de muchas sociedades y genera nuevos flujos y estructuras de interconexión supranacional”(4), facilita y en ocasiones obstaculiza la inmersión de las diversas identidades a su nuevo entorno.

El estado no necesariamente tiene absoluto control sobre la inmersión de estas diferentes comunidades a su entorno nacional que traen consigo sus idiosincrasias y costumbres. Las comunidades de inmigrantes integran sus “industrias culturales” en sus nuevos entornos, alterando de manera significativa los paladares, los gustos musicales, la moda, los deportes, las artes y un sinnúmero de actividades que influencian las apreciaciones de sus nuevos espacios. Cada una de estas diversas culturas caribeñas que se abren espacios en sus nuevos destinos, con sus identidades particulares, no necesariamente son culturas comunes sino mas bien culturas compartidas. Los gobiernos “democráticos” no pueden atentar en contra de estas nuevas olas de inmigrantes. Mas que el inmigrante adaptarse al estado; el estado tiene que necesariamente adaptarse al inmigrante.

Para sobrevivir en un mundo que cada día se unifica mas a través de tratados de cooperación y libre comercio, el caribe debe articular su proyecto de integración. Proyectos como el CARICOM, AEC y el ALCA pretenden “facilitar” tal intercambio. La unión Caribeña como necesidad intrínseca y para insertarse en un mundo de alta competitividad, necesita unificarse para hacerse aún más competitivo y la vez defender sus intereses particulares. El caribe representa un 75 por ciento de las exportaciones al mercado estadounidense.5 Estos mercados se pueden ampliar y maximizar con el mercado mundial y entre nosotros como región. Mas allá de la barrera lingüística todas las antillas compartimos un pasado socio-histórico. El padecimiento sintomático es el mismo para las antillas, la explotación cañera, la esclavitud, las colonias (protectorados), las olvidadas, los bastiones militares, la localización estratégica... ¿continuo?

El siglo XXI nos permite desarrollar unos lazos de intercambio nunca antes experimentado. La cibernética, los cursos universitarios, los viajes, las comunicaciones pueden facilitar esta simbiosis tan necesaria para nuestra salud regional. Todas necesitamos preservar nuestro patrimonio ecológico y cultural, nuestro turismo, nuestras estructuras centenarias, nuestra cultura popular, nuestra música y nuestros idiomas. El Grupo de Trabajo Inter-Civil del Proyecto Atlantea es un vivo ejemplo de lo que significa reflexionar sobre el caribe y sus sujetos protagónicos.(6)

La necesidad de algunas naciones de defender sus fronteras nace en la mayoría de las ocasiones por un latente prejuicio cultural, muchas veces fomentado por las estructuras académicas y políticas de tales naciones. Dichos países cierran sus fronteras y ponen controles sobre la entrada de individuos extranjeros. En la frontera con México se ha desarrollado el fenómeno de los “minute men”, rememorando a aquellos patriotas que velaban la llegada del enemigo británico. Estos “minute men” son un grupo de xenofóbicos y nativistas rancheros estadounidenses en las fronteras de Arizona y Texas. Los mismos, están a la espera del nuevo enemigo mexicano que cruza por tierra desértica a trabajar en los viñedos, haciendas agrícolas y multinacionales, que dependen de mano de obra barata, para proveerles una mejor calidad de vida a sus familiares. El “enemigo mexicano”, que vuelve a la tierra que le arrebataron en el siglo XIX, es recibido por los “minute men”, arrestado como criminal y enviado a una cárcel deshidratado para devolverlo a su entorno de antaño. Los rancheritos, con complejo de vaquero buscan una aventura desaforado que les alivie su letargo por no poder ejercer sus prejuicios. Comunidades como los haitianos, jamaicanos, puertorriqueños o cualquier hispano hablante se puede encontrar con estos prejuicios de decidir arrullarse en el “melting pot” del norte.

Desgraciadamente estos prejuicios no solo se viven en el norte sino también entre las diversas islas caribeñas. La delicada relación entre Haití y la República Dominicana resulta perturbadora ya que los desesperados braseros haitianos se someten a un terrible discrimen por ser mas negro que el negro más negro de la República. Nacen los desconocidos niños fantasmas, hijos de las Haitianas nacidos en la Republica y que no son ni reconocidos por el estado. La cadena parece no terminar ahí. El dominicano, por su parte, inmigrante en muchos casos a Puerto Rico, llega en su balsa, arriesgando su vida a las inclemencias del canal de la mona en estructuras precarias por una mejor vida. En Puerto Rico es recibido por Barrio Obrero, Santurce y un sello con una escoba y un bloque de cemento, mientras en la esquina se parlotea un “chiste” sobre su supuesta falta de conocimiento. El puertorriqueño por su parte, se fuga con su cerebro y algunos otros con su falta de cerebro, a la fría manzana del norte donde se le llama “spik”. No encuentra trabajo en Puerto Rico por que se lo quitó un cubano.

El panorama que he pintado no es el más positivo y no tiene intención de ser una generalización. Sin embargo, vivimos en un mundo que aún perpetúa estructuras de antaño donde el prejuicio y el discrimen regían los controles de la sociedad. Desaprender esos esquemas toma un intenso proceso de educación y concienciación. La labor de la sociedad civil en este proceso es inherente a cualquier cambio posible.

Continuar fomentando la integración y la cooperación figura como una de las alternativas más plausibles para transformar tales comportamientos. A fin de cuentas es la sociedad civil la que transmite de generación en generación los códigos valorativos y los modelos de comportamiento. Nuestras actitudes son reflejo de lo aprendido por nuestros antecesores. Todos somos responsables de repensar la sociedad que queremos y solo a través de la praxis activa es tal cambio posible. No queremos que nos toleren queremos que nos respeten.

Bibliografía
1) Juan Manuel García Passalacqua, “Puerto Rico y el Caribe”, El Mundo, 27 de abril 1987
2) Antonio Gaztambide, La invención del Caribe a partir del 1898, Tan Lejos de Dios...Ensayos del sobre relaciones de Estados Unidos con el Caribe.
3) Pierre-Charles, Las ideas anticolonialistas y antiesclavistas de principios del siglo XIX...” en Pensamiento sociopolítico moderno, cap. 2
4) Néstor Garcia Canclini, La Globalización Imaginada, Editorial Piados Mexicana 2000
5) Gaztambide y Hernández, “ Repensando las culturas y la sociedad civil como factores en la cooperación e integración en el Gran Caribe,” Introducción de Cultura, sociedad y cooperación: Ensayos sobre la sociedad civil del Gran Caribe.
6) Randall y Mount, The Caribbean Basin, Cap 2
7) Giovanni Reyes, “ EL Gran Caribe entre los extremos del ALCA,” Oportunidades y riesgos del ALCA, Capítulos del SELA 62 ( Mayo- Agosto 2001)