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La Rosa Y El Clavel, Una Historia De Amor (por Manuel Jordan, Ph.D)

Puerto Rico Al Día

      El folclor borincano está repleto de cuentos, leyendas e historietas que han sido creadas en la mente y el corazón de bardos y soñadores, jíbaros de la montaña o de la losa, así como de grandes pensadores.  Algunas de estas historias antiguas fueron preservadas, pero otras se perdieron en la historia del olvido.  No considerándome un gran pensador, sino simplemente un jíbaro de la losa, me he propuesto escribir y preservar cualquier pensamiento que (según mi apreciación) pueda enriquecer nuestros valores como pueblo, aunque reconozco que no se le da mucha importancia a la mayoría de los escritores contemporáneos.  Bueno, quizás de aquí a ciento cincuenta años… Como digo en un poema, “siempre es bueno el que muere, siempre es santo el más malo”.  Acabados de salir del tesoro escondido en mi mente diminuta, aquí les presento la historia de la rosa y el clavel.

      En el inmenso y misterioso jardín de la vida, cerca de la ribera de un cristalino riachuelo de mi querida Borinquen, Perla del Caribe, Señora de las Antillas Menores, Paraíso del Mar Caribe, había una hermosa, tierna y delicada rosa.  Su muy apreciado aroma placentero, como éter angelical suspendido magistralmente en la atmósfera caribeña, perfumaba toda la flora y la noble fauna que se acercaba a aquel lugar.  Su buen humor y contagiable sonrisa, destellaban consistentemente en su sublimar acorazonado rostro.  Embelleciendo con un esplendor celestial sus envidiables pétalos. Unas curiosas ranas rojizas, de piel lisa, se deslizaban en una caudalosa cascada, cuyas aguas impetuosas se precipitaban vertiginosamente sobre las tímidas corrientes del río.  Produciendo un etéreo arco iris, que como un puente imaginario flotaba sobre el vapor producido por el rocío. Las hábiles ranas nadadoras, junto a sus ágiles renacuajos, observaban atentamente la lucidez y esplendor de la flor.  Al mismo tiempo que un alegre, anuro y diminuto coquí, embelezado también ante aquel panorama, se refugiaba debajo de una roca, emitiendo su distintivo canto, mientras esperaba la caída del crepúsculo.  Era tanta la hermosura y esplendor de la rosa, que un elegante, larguirucho clavel carmesí se enamoró de lo que él consideraba una invaluable joya de la naturaleza.  “Eres la octava maravilla del mundo”, le decía románticamente, al mismo tiempo que la acariciaba.  Después de lograr cautivar con coloquios su amor, la tenue rosa enamorada le dio sus pistilos y dulzura, produciendo preciados frutos.  Claveles rosados, amarillos y rojos, que deberían ser los herederos y custodios en la preservación de una nueva especie híbrida.  Desgraciadamente, al llegar a la adultez, aquella prole se dio cuenta que no podían reproducirse.  Por lo tanto, entendieron que su generación desaparecería en las esquelas del olvido.

      Pasado el tiempo, las sombras fantasmales del envejecimiento empezaron a caer  sobre aquella rosa, ninfa floresta.  Comenzando a marchitarse algunos de sus delicados pétalos.  Pétalos que por ser tan bellos y deseables, habían ocultado hábilmente una realidad.  La verdad de que aquella rosa tenía espinas, las que nunca hirieron al clavel ni a la indefensa flora.  El clavel no supo apreciar el verdadero valor de aquélla.  El hada primorosa que perfumó y revivió sus pétalos casi marchitos; que perfumó su existencia.  Exaltándolo a un lugar de supremo de honor, como príncipe engalanado en toda la Cordillera Central, aumentando su valor ante los lirios y nardos del campo.  Quienes llenos de envidia, endeblemente, contemplaban tristemente aquella unión desigual. Llegó el momento en que el clavel ya no le interesaba sentir su preciado aroma, ni contemplar la belleza de los pétalos de la frágil flor.  Ahora sólo podía ver las espinas, que pendían tímidamente, desapercibidas sobre la delicada corteza del verde tallo. La rosa no podía entender el por qué de aquel abrupto cambio en la injusta actitud de su Romeo.  Sus lágrimas, que destilaban en forma de diamantes pulidos, al ser heridos por una luz incandescente, se confundían con el rocío de la nívea noche.  Las densas nieblas de la negra oscuridad aumentaban su tristeza y soledad interior.  Se sentía conmovida y muy turbada, al ver que lo que ella pensaba era el amor de su vida, se alejaba lentamente de su regazo.  Ocultando su dolor, la desdichada, pero gentil flor, continuó impartiendo sus delicadas caricias y aroma al ingrato clavel, que enrojecido por la ira, protestaba por el buen trato inmerecido.  En su interior entendía de su maldad, pero no podía disimular su desprecio, pues, su mente estaba llena de espejismos y de ilusorias fantasías sensuales, que lo transportaban a otros Lares, abismos ambientales. Hasta que su corazón aventurero no pudo más y como ave insensata que vuela hacia la red, sin saber que su fin ha llegado, el torpe clavel mordió el anzuelo de su ignominia.  Y en un fatídico día primaveral de mayo, mientras toda la urbe tropical de mi bella Isla celebraba el mes de las flores, al compás del trino de los ruiseñores y la dulce canción de las aves, cuyas notas musicales solfeaban en el pentagrama del cielo infinito, llegó a su fin aquel truncado idilio.  Menospreciando el consejo de sus amigos, unos sabios helechos, y la amonestación de una linda amapola, el orgulloso y desconsiderado clavel, se ocultó y aprovechando el negro manto de la noche, abandonó el jardín.  Yendo a refugiarse en una joven zarza, quien lo sedujo con sus hábiles, pero malévolos encantos.  “Acércate amado mío, embriaguémonos y arropémonos de amores a la luz de la gloriosa luna, hasta que despierte el alba.  Mañana danzaremos ante los brillantes rayos de un sol vespertino, quien nos cubrirá con la clorofila de su manto”, murmuraba la intrusa.  El clavel insensato quedó hechizado ante la sensibilidad de aquellas dulces palabras.  Cayendo de hinojos antes las raíces de aquélla, que así que lo vio, lo abrazó fuertemente.  Como si quisiera desahogar su pasión lujuriosa, destrozó cada punto de aquel flacucho tallo.  Lacerando todos los pétalos de su efímera existencia.  Muriendo de este modo su insensatez, infidelidad y orgullo para siempre.

      A pesar de que gran parte de la flora y la fauna vieron o supieron lo sucedido al clavel, nunca se atrevieron comunicárselo a la delicada rosa, temiendo que ésta se marchitara rápidamente.  Para no ser ellos responsables de su muerte prematura.  La sufrida rosa pensaba que su amado se había ido en un viaje aventurero.  Soñaba con verlo regresar en cualquier momento.  Con el correr del tiempo se dio cuenta que aquél jamás regresaría, pero aun así lo esperaba.  Para su desgracia, la yerba mala asfixió su híbrido retoño, aumentando la penumbra de su existencia.  Nunca más la rosa se ha sentido amada ni ha podido compartir su amor con nadie.  A veces contempla a algún nardo o lirio del campo, para tratar de llenar su profundo vacío, pero teme al fracaso.  Sabe que el futuro es incierto y no quiere cometer los errores del pasado, pues, entonces sí que moriría de angustia en medio de su intrínseca soledad.  En ocasiones, cuando la luz de la luna, acompañada por el fulgor de un cielo estrellado, acaricia nuevamente las montañas de la hermosa tierra borincana, se oye en el horizonte el clamor como de un cántico lastimero.  Es la hermosa rosa, ya casi marchita, que como sirena de mar solitaria, llora amargamente, esperando todavía el regreso de su amado…