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Pescado (por Andrea Moya)

Al abrir la puerta lo primero que sentí fue el olor. El pescado gigante era como tres pies más alto que yo, estaba muerto y apestaba a sal y tiempo. En un lado de su cuerpo tenía un largo tajo que le dejaba todas las víseras al aire. Muchas de sus escalas color rosado carne se le estaban callendo dándole a su piel una especie de patrón enfermo de machas rojas entre el rosa. Le faltaba mitad de un ojo y una aleta, entre otras cosas. Estaba parado con cara de bruto, la boca abierta inútilmente. Lo único impresionante era la manera que este pescado gigantesco, aparentemente disectado, apestando y con las piezas calléndosele, podía mantenerse completamente derecho y caminar encima de su cola.

Pasaba por casa cada martes, Dios sabe por qué, y el jueves por la mañana parecía morir de nuevo en el medio de mi sala. Yo pasaba el resto del día empujándolo con la escoba fuera de la casa y hasta el río más cercano donde depositaba el cadáver. Pero todas las semanas, sin falta, volvía aparecer al frente de mi puerta y tocaba el timbre con la aleta que le quedaba hasta que le abriera la puerta. Entraba como Pedro por su casa y no hacía nada más. Se sentaba en el sofá, que estaba completamente destrosado por la humedad y todas las piezas podriadas que dejaba, mirando al televisor apagado por dos días. Cuando al fin se caía del sofá, no se volvía a mover. Antes de ese momento era imposible moverlo por lo pesado y terco. Pero lo peor era el olor. Por días el olor a pescado rellenaba cada esquina de la casa y de las casa del lado. Los vecinos se quejaban pero nadie me creía cuando les contaba que era que un pescado gigante seguía reviviendo y viniendo a mi casa a sentarse en el sofá.

El pescado empezó a moverse lentamente hacia al frente. Suspiré y dejé que entrara porque no podía hacer nada más, y cuando se sentó en el sofá, fuí directo a prepara la escoba.