Cuento

El cuento satisface uno de los deseos más profundos: el de ver nuestro mundo desde ojos ajenos. Es una oportunidad para vivir las emociones que nos dan vigor y energía, como también aquellas que nos destruyen pero que a la vez no podemos dejar ir. Disfruta los cuentos de tus compatriotas puertorriqueños.

El Chenchén, Una Criatura De Ultratumba (por Manuel Jordan, Ph.D)

Hay historias en el folklore de los pueblos que si no se dicen quedan sepultadas en el mar del olvido. Una de esas historias sucedió en mi bella isla Puerto Rico. Hace varias semanas, mientras trabajaba en mi décimo libro, se la envié a Nelson Rafael Collazo, un conocido escritor puertorriqueño amigo mío. Esta fue su respuesta: “Te felicito por El Chenchen, también es un buen relato. Es algo nuevo y desconocido para muchos. Si no traes esto quizás se hubiese perdido, cosa muy lamentable para nuestra historia y folklore”. Bueno, como se dice en mi pueblo: “Sin mas preámbulos les presento “El Chenchen”.
 
Desde que llegué a adulto nunca he sentido miedo por nada. De hecho tengo como tema el decir que no le temo a nada en este mundo, solamente a Dios y a una mujer gritona (o contenciosa). A Dios, porque he aprendido a conocerle y a vivir Su Palabra, lo que me hace tener no miedo sino un temor reverente hacia El. Sobre una mujer contenciosa, dice la Biblia: “Es mejor vivir en un rincón del tejado que con mujer rencillosa en casa espaciosa”. ¿Con esos truenos, quién duerme? Pero la verdad es que cuando era niño, viviendo en el arrabal, en Santurce, Puerto Rico, las cosas eran diferentes. Aquel lugar era conocido como el Caño de Martín Peña. Las casuchas eran construidas dentro de la laguna. Los caminos estaban hechos de tablones como de 18 pulgadas que al igual que las viviendas, se sostenían con socos, los que se enterraban en el babote o fango. Recuerdo que a veces, cuando obscurecía y me mandaban a comprar algo a la tienda me temblaban las rodillas. Cada vez que caminaba por los puentecillos de madera sobre el Caño, sentía como unos pasos detrás de mí. Cuando avanzaba, los pasos avanzaban también. Así que yo salía corriendo a las millas de Chaflán para que aquel ser extraño no me alcanzara. No había luz eléctrica en todo el camino, sólo algunos focos de luz en el callejón, cuando se salía del mangle. En aquel lugar las cosas se me ponían color de hormiga brava, pues la luz hacía que la sombra de mi cuerpo se reflejara al frente o a mis espaldas. Entonces sí que la carrera era más rápida… Para completar, frecuentemente me “cortaba” con el excremento que los perros dejaban en los puentes como adorno.
 
Como no había radio ni televisión, las familias se reunían a conversar y a traer pesares y añoranzas del pasado. Esto se hacía a la luz tenue de una vela o un quinqué de kerosén. En aquel tiempo mi papá vivía con una señora que tenía nueve hijos. Uno de ellos estaba en la cárcel y los otros, con mi papa y yo, hacíamos una familia de once. Todos nos teníamos que acomodar en una casucha de un solo cuarto, quizás de unos 15 por 20 pies (como mucho). En ocasiones los adultos nos contaban historias de ultratumba que nos enfriaban los huesos. Para mí estas leyendas se hacían más reales, pues dormía en una hamaca. Por alguna razón ésta se mecía sola mientras yo trataba de dormir. Quizás el viento movía la casa y como consecuencia la hamaca. Yo me asustaba tanto que llegué a creer que el personaje que me perseguía estaba detrás de esto. En ese tiempo escuché historias del hombre sin cabeza, historias de ahorcados, historias de chivos votando fuego por los cuernos, etc. Pero para mí una de las historias más intrigantes era la del Chenchén, un ser alado que volaba por encima del Caño de Martín Peña. 
 
En una de estas reuniones familiares, le pregunté a Pancha, la hija mayor de la familia, que de qué animal eran los excrementos que aparecían cada mañana sobre la colectora. La colectora era una tubería en forma de caja por donde bajaba el desperdicio de los inodoros y alcantarillados de una basta región de Santurce. La parte de arriba de ésta se usaba como un camino de más de una milla, que comenzaba cerca de la Avenida Fernández Juncos hasta la laguna. Los excrementos que se veían allí cada día eran algo diferente. Su aspecto era como una pasta amarillenta en forma de biscocho. La llamaban m… (caca o excremento) de brujas. No parecía ser de ningún animal conocido. Esto fue lo que ella me respondió: “Hace muchos años vivía una familia muy pobre que casi no tenían para comer. Un día el padre de familia consiguió algunos alimentos. Cuando se dispuso a cocinarlos, descubrió que no tenía leña para el fogón. Así que decidió usar una cruz que poseía como amuleto. Como ésta consistía en un gran pedazo de madera cruzado, lo cortó en pedazos y lo usó como leña. Cuando terminó de cocinar arrojó las cenizas en una laguna que estaba cerca de su casa. Pasado el tiempo el hombre murió. Cuando llegó al cielo le negaron la entrada. Al preguntar la razón de su desgracia, el portero le contestó que era por causa de la cruz quemada; que la única forma en que se le permitiría entrar a aquel lugar era si descendía a la tierra, recogía la ceniza y la traía con él. Para esto se le darían dos alas. De esta manera podría volar por encima de todos los ríos, lagos y fuentes de agua hasta lograr su objetivo. Desde entonces este ser alado va por todo el mundo llevando esa maldición. Pasa cada noche volando por el Caño de Martín Peña. Casi siempre baja a la colectora de la Parada 25 para hacer sus necesidades. Ese es el excremento que se ve allí casi todos los días. Muchas personas que conocen la historia lo llaman Chenchén mie… (caca) de gato, esto lo enfurece. En una ocasión, una de nuestras vecinas tenía una pelea con su esposo. Esta le dijo que ojalá que se lo llevara el diablo. Además le dijo que esa noche iba a invocar el nombre del Chenchén para que viniera a buscarlo. Efectivamente, esa día a las doce de la media noche la mujer comenzó a gritar: “¡Chenchén, mie… de gato…! Esto lo repitió muchas veces. De pronto se escuchó un gran aleteo y una figura de unos seis pies de alto, parecida a un ave o un animal con grandes garras, descendió sobre la casa con techo de zinc. Con sus garras se aferró del techo, mientras la casa se estremecía. Ellos estaban tan aterrorizados que comenzaron a gritar: “¡Jesús manífica…! ¡Jesús manífica…!” Esto lo hicieron muchas veces, hasta que el Chenchén tuvo que irse. Desde entonces mis vecinos dejaron de maldecir y de pelear”, terminó diciéndome Pancha. Esta historia nos dejó tan acobardados que cuando hacía un viento fuerte y estremecía nuestra casucha, haciendo mecer la hamaca, mis dientes daban uno contra el otro, como el que titirita de frió. Así que desde entonces decidí acostarme en la pequeña cama donde dormían los tres muchachos varones. Imagínese, los cuatro teníamos que dormir horizontalmente, o cruzados para acomodarnos en ese pequeño espacio. Ahora, cuando oíamos algún ruido, todos nosotros nos metíamos debajo de la ropera o ropaera (esto era una sábana hecha de pedazos de ropa vieja cocido uno con otro). Aquí nos protegíamos y nos consolábamos unos a otros.
 
El asunto del Chenchén no era una simple leyenda o cuento de viejas. Cuando lean lo que lo que sigue se darán cuenta por qué digo esto. La historia que Pancha me contó fue aproximadamente para el 1958, pero lo que yo les contaré sucedió después de esto. Cada vez que aparecía un excremento extraño en la colectora o en algún otro sitio del fanguito, se lo achacaban al Chenchén. Se hizo costumbre de los niños, tanto como los adultos, el invocar despectivamente su nombre: ¡Chenchén m… de gato…! ¡Chenchén m… de gato…!” Esto continuó por algún tiempo, hasta que aquella criatura de ultratumba parece que no resistió más. Con razón se dice que no es lo mismo llamar al diablo que verlo venir. Digo esto, pues comenzaron a escucharse frecuentes historia, en el sentido de que el Chenchén bajaba enfurecido y trataba de tumbar las casas. En una ocasión logró arrancarle el techo a una de las casuchas. En otra, arrancó una letrina de cuajo llevando consigo a Vidal, el hombre más maldiciente del barrio. Este, que aunque no creía ni en la luz eléctrica, se pasaba gritando en las noches invocando a seres espirituales. Quería demostrar con esto que no existía un mundo espiritual, que todo era superstición. Ahora, al encontrarse frente a frente con la realidad, comenzó a gritar que él no tenía que ver nada con la mala fama del Chenchén. Que los culpables eran los perros y gatos que se ensuciaban en los puentes que se usaban como camino en el Caño de Martín Peña. En ese momento el ser animalezco soltó la pequeña estructura de madera, arrojándola junto con Vidal en medio de la laguna. El pobre hombre parecía un submarino tratando de escapar. Este también dijo que cambiaría su forma de ser y no volvería a invocar los espíritus jamás, y así lo hizo.
 
Para principios del 1960 algo extraño estaba sucediendo en toda el área del arrabal. Comenzando por la Parada 18 hasta el lugar llamado la Cantera. Los perros satos y algunos gatos comenzaron a desaparecer. Muchos pensaron que al no tener que comer, algunas personas se los estaban comiendo guisados o asados. Las autoridades fueron alertadas y descubrieron que esto no era cierto; que aunque encontraron perros y gatos adobados, listos para cocinar en las neveras de algunos restaurantes de Santurce y Bayamón, sin embargo el problema parecía más amplio. Para ese tiempo yo tenía once años de edad. Escuché un rumor entre mis amigos en el sentido que todos sabían lo que ocurría, pero por estar atemorizados no se atrevían declararlo por temor a represalias. Pero, ¿a represalias de quién o de qué? ¡A represalias por parte del Chenchén!, quien era el responsable de las desapariciones. Para completar la catástrofe, aparecieron algunos perros muertos. Estos tenían dos agujeros en el cuello y no parecían tener ni gota de sangre. Pareciera como si un vampiro o alguna otra criatura les hubiese succionado todo el líquido de su cuerpo. Una dama declaró haber sido atacada por un ser alado como de unos cinco a seis pies de alto. También dijo que aunque se asemejaba a un hombre, su cuerpo se acercaba a la figura de una iguana gigante. La señora pudo salvarse cuando su perro salió en su defensa, perdiendo su perra vida en su intento, entretanto ella escapaba. Doña Filomena no tuvo la misma suerte. Esta señora era espiritista y vivía sola en el arrabal, pues su esposo había desaparecido y se pensaba viuda. Un día, cansada de su vida de soledad, decidió investigar el asunto de su esposo. Mientras invocaba a los espíritus, vio una apariencia extraña en la noche, quien le dijo que era su esposo que venía a buscarla. Luego le dio instrucciones (según cuentan) que esa noche a las 12 AM se trepara encima de su casa, donde él vendría a recogerla. Obedeciendo aquella voz, la desesperada mujer obedeció y así lo hizo. Como a la hora indicada se oyeron unos gritos de horror que perturbaron todo el vecindario. Fueron a la casa de la viuda, pero no encontraron a nadie. A Filomena no se le volvió a ver más ni el pelo desde entonces. Da la impresión que esa fue la última experiencia de un ser humano con aquel ser en el fanguito, pues aparentemente el Chenchén dejó de visitar el área del arrabal. Aunque muchos de los residentes de allí se mudaron para un nuevo residencial en Hato Rey y no se puede saber con certeza si el Chenchén regresó alguna vez.
 
Algún tiempo después, se escucharon rumores nuevamente de apariciones de un ser que manifestaba todas las características del Chenchén. La información venía de diferentes campos de la isla. Cuando lo supe, instintivamente me di cuenta que era la misma criatura. Por el momento no me atreví a decir nada, pues para ese tiempo yo tenia doce años de edad y hacia casi un año que mi padre había muerto. Ya yo estaba en un orfanato en Ponce. En ese lugar, donde había unos cuarenta muchachos, ya me habían puesto como sobre nombre “el loco” y no quería tener más agravio que el señalado. Así que preferí guardar silencio sobre lo que sabía del asunto.
 

Segunda parte

     En la primera parte dije que no le temo a nada, pero conozco a algunos que hasta el sonido de la hoja de un árbol los asusta.  Aunque no quiero meterles miedo a estos, sin embargo les advierto que en el día de Halloween tengan mucho cuidado.  Ese día las fuerzas del mal se manifiestan más que nunca.  No sería extraño que recibamos noticias sobre apariciones del Chenchén.  Si usted tiene alguna experiencia con él (y vive para contarlo), por favor escríbame a mi email a llámeme al 856- 541-6697.  Su experiencia la podría incluir en mi próximo libro. * Bueno, espero que haya leído la primera parte…

      Recientemente me escribió uno de nuestros lectores con el siguiente comentario:

“Estimado amigo Jordán, le saludo en el nombre de Jesús, nuestro Señor.  Estuve leyendo y me gustó mucho la historia del Chenchén.  Nací en el fanguito, en Santurce.  Luego nos fuimos a Villa Palmeras cuando todavía era un niño.  Allí viví hasta los 21 años de edad, que fue cuando vine a los Estados Unidos”.

Jorge L González

      Bueno, Jorge me alegro que te haya gustado la historia, pero debo decirte que en realidad la historia del Chenchén no termina aquí.  Esta historia se continúa escribiendo como podrás leer en el siguiente ensayo.

      Unos agricultores que Vivían en la Cordillera Central reportaron que algunos de sus animales estaban muriendo de una forma extraña.  Decían ellos que algunas de sus cabras aparecían con una cortadura en sus cuellos, y que aparentemente por este lugar la criatura atacante les sacaba la sangre.  Como no sabían cómo explicar el fenómeno ni quien lo había hecho, los agricultores comenzaron a llamar a aquel ser desconocido el Chupacabras.  Por supuesto que esto lo hicieron porque no sabían lo que yo sabía.  No solamente morían las cabras sino también otros animales.  Esta situación comenzó a causar pánico entre los jíbaros de la montaña.  Para mí no era extraño, pues conocía muy bien la historia del fanguito sobre el Chenchén.  Hasta los periódicos comenzaron a usar el nombre de Chupacabras en sus titulares.

      Se puede notar la inteligencia del Chupacabras (o el Chenchén), pues cada vez que es descubierto parece desaparecer por el momento, para luego re aparecer meses o años después.  Cuando la prensa comienza a darle cobertura, da la impresión que esta criatura se oculta hasta que las cosas se enfrían nuevamente.  Aquí se puede aplicar el dicho que más sabe le diablo por viejo que por diablo…  hasta donde entiendo, no se volvió a escuchar más acerca de él hasta el 1994.  Ya yo tenía 45 años y vivía en los Estados Unidos, pero todavía recordaba claramente el origen de este ser.

      Alguien notorio que tuvo un encuentro con el Chupacabras fue el famoso prófugo Toño Bicicleta.  ¿Quién era Toño Bicicleta?  Este era un agricultor de nombre Francisco Antonio García López, quien en el 1968 asesinó a machetazos a su esposa Gloria Soto.  Después de estar dos años preso, en el 1970 se escapó de la cárcel.  Cuatro años más tarde fue encarcelado nuevamente hasta el 1981 cuando escapó por un agujero en la pared del campamento penal de Sabana Hoyos en Arecibo.  El 29 de noviembre del 1995 fue muerto por la policía mientras trabajaba en un cafetal en el barrio Bartolo de Lares  

     Se dice que Toño no le tenía miedo a nada ni a nadie y que estaba armado hasta los dientes...  Sin embargo una de sus novias cuenta que mientras se ocultaban en la montaña tuvieron un encuentro con el Chupacabras.  El delincuente quedó tan horrorizado al ver a la extraña criatura que casi se desmayó, mientras gritaba a su compañera: “¡Corre…!”, ambos corrieron, escapando escasamente de la criatura.  Toño pensaba que era el mismo diablo que venía del infierno a llevarse su alma por causa de su vida delictiva.

      En los últimos años el Chupacabras ha sido visto en diferentes lugares del mundo, incluyendo los Estados Unidos, Sur América y hasta Europa.  Como cosa curiosa, se ha descubierto que la forma de operar del Chupacabras parece haber cambiado un poco, pues se han encontrado animales a los que no sólo les ha sacado la sangre, sino que aun sus órganos internos han desaparecido.  Lo extraño es que la única herida visible es una o dos picaduras en el cuello, por donde sería imposible sacar los órganos.

      ¿Cómo compara el aspecto físico del Chupacabras con el Chenchén?  Según testigos oculares, el Chupacabras mide de unos cuatro a seis pies de alto.  De ojos grandes de color negro.  Tiene largos colmillos y una apariencia grotesca.  Además tiene alas que le salen de la parte superior de su espalda.  Dicen que camina sobre las patas traseras y que tiene una lengua larga como algunos reptiles.  Algunos los comparan con los gorgolíes de leyendas del pasado.

      Según la apreciación general, ¿de dónde en realidad viene el Chupacabras?  Algunos han llegado a pensar que es una nueva especie parecida a las panteras, con apariencia de lagarto.  Científicos y otros eruditos han comentado que pudiera ser algún tipo de dinosaurio o hasta un ser extra terrestre.  Por último están los que piensan que esto tiene que ver con el triángulo de Bermudas, donde creen que existe otra dimensión espiritual, donde salen seres espirituales a merodear, pudiendo ser algún tipo de demonio.

      Conocedor de los hechos originales sobre el Chenchén, estoy seguro que el llamado Chupacabras, es el Chenchén  mismo, además de los hijos que ha procreado de Doña Filomena, la dama desaparecida en el arrabal para el año 1960.  La unión de esta criatura de ultra tumba con un ser humano ha producido hijos con las características señaladas.  Esto no debe parecer extraño, pues he escuchado historias de mujeres que dicen que han sido visitadas por seres nocturnos desconocidos.  Afirman que han sido obligadas a tener relaciones sexuales con ellas.  Estoy seguro que este fue el caso de la pobre Doña Filomena.  También en el capitulo seis de el libro de Génesis menciona algo parecido.

      Ya he demostrado que el llamado Chupacabras es el mismo Chenchén que conocí cuando yo era un niño, pero, ¿qué ha lo ha motivado a cambiar, y convertirse en un ser violento?  Pienso que hay por lo menos dos razones.  La primera razón es que ha querido vengarse de las humillaciones que le hicieron en el arrabal del Caño de Martín Peña.  Allí fue acusado de evacuarse en la colectora y en otros lugares.  Los únicos animales que frecuentaban el arrabal eran los gatos y perros satos.  “Tal vez comían algas, hojas de mangle, o cualquier planta salvaje que le producía un cambio en su flora intestinal.  Por eso la apariencia extraña de los excrementos”, analizó el Chenchén.  Por lo tanto comenzó atacando a los perros y a algunos gatos.  La segunda razón lógica es que al chuparle la sangre a los felinos y caninos descubrió algunos minerales en el sistema sanguíneo.  “Si en la sangre de los animales se pueden conseguir estas sustancias, quiere decir que es posible saber qué han bebido y comido, incluyendo cenizas y otros elementos”, se dijo para así.  De manera que de aquel momento en adelante atacó a los animales del campo, pues sabía que muchos de estos tomaban agua de ríos, lagos y otras fuentes de aguas.  En realidad esto tenía sentido, pues como todos sabemos, la sangre es un tejido líquido, compuesto por agua, sustancias disueltas y células sanguíneas.  Los glóbulos rojos o hematíes se encargan de la distribución del oxígeno; los glóbulos blancos efectúan trabajos de limpieza (fagocitos) y defensa (linfocitos), mientras que las plaquetas intervienen en la coagulación de la sangre.  El aparato circulatorio sirve para llevar los alimentos y el oxígeno a las células, y para recoger los desechos que se han de eliminar después por los riñones, pulmones, etc.  De toda esta labor se encarga la sangre, que está circulando constantemente.  Claro está, el Chenchén entiende que su misión es casi imposible, ya que tendría que matar a todo animal y bestia que viven en nuestro planeta.  Quizás por eso es que es que el Chupacabras prácticamente se ha resignado y en este tiempo no se escucha casi de sus apariciones.  Pero debo concluir diciéndoles a los lectores que no se descuiden, pues se entiende que el Chenchén  jamás podrá encontrar los residuos de las cenizas.  Lo que quiere decir que en cualquier momento pudiera reaparecer, y quien sabe si entonces se dedique ha atacar solamente a los seres humanos.  Mayormente a aquellos irreverentes que se pasan maldiciendo.  A lo mejor de esta forma se gana la simpatía del portero celestial y le dan otra oportunidad de entrar en aquel lugar que le fue negado, por causa de la cruz quemada...
 

La Rosa Y El Clavel, Una Historia De Amor (por Manuel Jordan, Ph.D)

Puerto Rico Al Día

      El folclor borincano está repleto de cuentos, leyendas e historietas que han sido creadas en la mente y el corazón de bardos y soñadores, jíbaros de la montaña o de la losa, así como de grandes pensadores.  Algunas de estas historias antiguas fueron preservadas, pero otras se perdieron en la historia del olvido.  No considerándome un gran pensador, sino simplemente un jíbaro de la losa, me he propuesto escribir y preservar cualquier pensamiento que (según mi apreciación) pueda enriquecer nuestros valores como pueblo, aunque reconozco que no se le da mucha importancia a la mayoría de los escritores contemporáneos.  Bueno, quizás de aquí a ciento cincuenta años… Como digo en un poema, “siempre es bueno el que muere, siempre es santo el más malo”.  Acabados de salir del tesoro escondido en mi mente diminuta, aquí les presento la historia de la rosa y el clavel.

      En el inmenso y misterioso jardín de la vida, cerca de la ribera de un cristalino riachuelo de mi querida Borinquen, Perla del Caribe, Señora de las Antillas Menores, Paraíso del Mar Caribe, había una hermosa, tierna y delicada rosa.  Su muy apreciado aroma placentero, como éter angelical suspendido magistralmente en la atmósfera caribeña, perfumaba toda la flora y la noble fauna que se acercaba a aquel lugar.  Su buen humor y contagiable sonrisa, destellaban consistentemente en su sublimar acorazonado rostro.  Embelleciendo con un esplendor celestial sus envidiables pétalos. Unas curiosas ranas rojizas, de piel lisa, se deslizaban en una caudalosa cascada, cuyas aguas impetuosas se precipitaban vertiginosamente sobre las tímidas corrientes del río.  Produciendo un etéreo arco iris, que como un puente imaginario flotaba sobre el vapor producido por el rocío. Las hábiles ranas nadadoras, junto a sus ágiles renacuajos, observaban atentamente la lucidez y esplendor de la flor.  Al mismo tiempo que un alegre, anuro y diminuto coquí, embelezado también ante aquel panorama, se refugiaba debajo de una roca, emitiendo su distintivo canto, mientras esperaba la caída del crepúsculo.  Era tanta la hermosura y esplendor de la rosa, que un elegante, larguirucho clavel carmesí se enamoró de lo que él consideraba una invaluable joya de la naturaleza.  “Eres la octava maravilla del mundo”, le decía románticamente, al mismo tiempo que la acariciaba.  Después de lograr cautivar con coloquios su amor, la tenue rosa enamorada le dio sus pistilos y dulzura, produciendo preciados frutos.  Claveles rosados, amarillos y rojos, que deberían ser los herederos y custodios en la preservación de una nueva especie híbrida.  Desgraciadamente, al llegar a la adultez, aquella prole se dio cuenta que no podían reproducirse.  Por lo tanto, entendieron que su generación desaparecería en las esquelas del olvido.

      Pasado el tiempo, las sombras fantasmales del envejecimiento empezaron a caer  sobre aquella rosa, ninfa floresta.  Comenzando a marchitarse algunos de sus delicados pétalos.  Pétalos que por ser tan bellos y deseables, habían ocultado hábilmente una realidad.  La verdad de que aquella rosa tenía espinas, las que nunca hirieron al clavel ni a la indefensa flora.  El clavel no supo apreciar el verdadero valor de aquélla.  El hada primorosa que perfumó y revivió sus pétalos casi marchitos; que perfumó su existencia.  Exaltándolo a un lugar de supremo de honor, como príncipe engalanado en toda la Cordillera Central, aumentando su valor ante los lirios y nardos del campo.  Quienes llenos de envidia, endeblemente, contemplaban tristemente aquella unión desigual. Llegó el momento en que el clavel ya no le interesaba sentir su preciado aroma, ni contemplar la belleza de los pétalos de la frágil flor.  Ahora sólo podía ver las espinas, que pendían tímidamente, desapercibidas sobre la delicada corteza del verde tallo. La rosa no podía entender el por qué de aquel abrupto cambio en la injusta actitud de su Romeo.  Sus lágrimas, que destilaban en forma de diamantes pulidos, al ser heridos por una luz incandescente, se confundían con el rocío de la nívea noche.  Las densas nieblas de la negra oscuridad aumentaban su tristeza y soledad interior.  Se sentía conmovida y muy turbada, al ver que lo que ella pensaba era el amor de su vida, se alejaba lentamente de su regazo.  Ocultando su dolor, la desdichada, pero gentil flor, continuó impartiendo sus delicadas caricias y aroma al ingrato clavel, que enrojecido por la ira, protestaba por el buen trato inmerecido.  En su interior entendía de su maldad, pero no podía disimular su desprecio, pues, su mente estaba llena de espejismos y de ilusorias fantasías sensuales, que lo transportaban a otros Lares, abismos ambientales. Hasta que su corazón aventurero no pudo más y como ave insensata que vuela hacia la red, sin saber que su fin ha llegado, el torpe clavel mordió el anzuelo de su ignominia.  Y en un fatídico día primaveral de mayo, mientras toda la urbe tropical de mi bella Isla celebraba el mes de las flores, al compás del trino de los ruiseñores y la dulce canción de las aves, cuyas notas musicales solfeaban en el pentagrama del cielo infinito, llegó a su fin aquel truncado idilio.  Menospreciando el consejo de sus amigos, unos sabios helechos, y la amonestación de una linda amapola, el orgulloso y desconsiderado clavel, se ocultó y aprovechando el negro manto de la noche, abandonó el jardín.  Yendo a refugiarse en una joven zarza, quien lo sedujo con sus hábiles, pero malévolos encantos.  “Acércate amado mío, embriaguémonos y arropémonos de amores a la luz de la gloriosa luna, hasta que despierte el alba.  Mañana danzaremos ante los brillantes rayos de un sol vespertino, quien nos cubrirá con la clorofila de su manto”, murmuraba la intrusa.  El clavel insensato quedó hechizado ante la sensibilidad de aquellas dulces palabras.  Cayendo de hinojos antes las raíces de aquélla, que así que lo vio, lo abrazó fuertemente.  Como si quisiera desahogar su pasión lujuriosa, destrozó cada punto de aquel flacucho tallo.  Lacerando todos los pétalos de su efímera existencia.  Muriendo de este modo su insensatez, infidelidad y orgullo para siempre.

      A pesar de que gran parte de la flora y la fauna vieron o supieron lo sucedido al clavel, nunca se atrevieron comunicárselo a la delicada rosa, temiendo que ésta se marchitara rápidamente.  Para no ser ellos responsables de su muerte prematura.  La sufrida rosa pensaba que su amado se había ido en un viaje aventurero.  Soñaba con verlo regresar en cualquier momento.  Con el correr del tiempo se dio cuenta que aquél jamás regresaría, pero aun así lo esperaba.  Para su desgracia, la yerba mala asfixió su híbrido retoño, aumentando la penumbra de su existencia.  Nunca más la rosa se ha sentido amada ni ha podido compartir su amor con nadie.  A veces contempla a algún nardo o lirio del campo, para tratar de llenar su profundo vacío, pero teme al fracaso.  Sabe que el futuro es incierto y no quiere cometer los errores del pasado, pues, entonces sí que moriría de angustia en medio de su intrínseca soledad.  En ocasiones, cuando la luz de la luna, acompañada por el fulgor de un cielo estrellado, acaricia nuevamente las montañas de la hermosa tierra borincana, se oye en el horizonte el clamor como de un cántico lastimero.  Es la hermosa rosa, ya casi marchita, que como sirena de mar solitaria, llora amargamente, esperando todavía el regreso de su amado…

Pescado (por Andrea Moya)

Al abrir la puerta lo primero que sentí fue el olor. El pescado gigante era como tres pies más alto que yo, estaba muerto y apestaba a sal y tiempo. En un lado de su cuerpo tenía un largo tajo que le dejaba todas las víseras al aire. Muchas de sus escalas color rosado carne se le estaban callendo dándole a su piel una especie de patrón enfermo de machas rojas entre el rosa. Le faltaba mitad de un ojo y una aleta, entre otras cosas. Estaba parado con cara de bruto, la boca abierta inútilmente. Lo único impresionante era la manera que este pescado gigantesco, aparentemente disectado, apestando y con las piezas calléndosele, podía mantenerse completamente derecho y caminar encima de su cola.

Pasaba por casa cada martes, Dios sabe por qué, y el jueves por la mañana parecía morir de nuevo en el medio de mi sala. Yo pasaba el resto del día empujándolo con la escoba fuera de la casa y hasta el río más cercano donde depositaba el cadáver. Pero todas las semanas, sin falta, volvía aparecer al frente de mi puerta y tocaba el timbre con la aleta que le quedaba hasta que le abriera la puerta. Entraba como Pedro por su casa y no hacía nada más. Se sentaba en el sofá, que estaba completamente destrosado por la humedad y todas las piezas podriadas que dejaba, mirando al televisor apagado por dos días. Cuando al fin se caía del sofá, no se volvía a mover. Antes de ese momento era imposible moverlo por lo pesado y terco. Pero lo peor era el olor. Por días el olor a pescado rellenaba cada esquina de la casa y de las casa del lado. Los vecinos se quejaban pero nadie me creía cuando les contaba que era que un pescado gigante seguía reviviendo y viniendo a mi casa a sentarse en el sofá.

El pescado empezó a moverse lentamente hacia al frente. Suspiré y dejé que entrara porque no podía hacer nada más, y cuando se sentó en el sofá, fuí directo a prepara la escoba.

 

Segundo (por Andrea Moya)

     Mi nombre es Rubén, ¿me reconoces? Deberías. Soy el protagonista de la primera, la mejor y la única novela del escritor Luis Segundo, el mismo que en estos instantes está sedado en un manicomio, babeándose y gritando bajo su aliento mi nombre, entre súplicas de “que vuelva, que vuelva por favor.” Pero a pesar de este llamado tan conmovedor de parte de mi creador no volveré. Prefiero el infierno de su mente que pasar un minuto más como una alucinación medio viva, medio imaginada y menospreciada. Yo soy real o pude haberlo sido, si no por esa noche infame cuando Segundo cayó en una pesadilla freudiana y yo caí con él. Quedé bajo sus ruinas atrapado, riéndome, alegrado por su desgracia como una venganza dulcemente sangrienta. Pero me estoy adelantando.

      No sé exactamente en qué momento de inspiración el esqueleto de lo que eventualmente fue mi historia publicada se le ocurrió a Segundo. A la gente le gusta pensar que los escritores sólo nos inspiramos con la luna, las nubes, cosas bellas y místicas así, en noches solitarias, cuando contemplamos el universo con ojos de poeta. Para mí que Luis Segundo estaba agachado encima de un inodoro, la cabeza rompiéndosele con la resaca de la borrachera que se dio la noche anterior solo en su apartamento. El punto es que dos años más tarde, al cumplir los treinta y cinco años de edad, Segundo terminó y publicó su primera novela. Fue un “bestseller” instantáneo. El público mundial devoraba la ficción de Segundo. No se cansaban de darle premios, mataban por entrevistarlo, el dinero que le entraba no le hubiese cabido en el apartamento minúsculo en el cual vivía. Era una estrella, un escritor “exitoso.” Se compró una casa en San Juan y un apartamento en Madrid, alternándose entre los dos dependiendo de en qué ánimo se encontraba o con quién estaba casado, porque fue con la publicación de su libro que empezó su cadena interminable de esposas y divorcios. Perdí cuenta de cuántas esposas lo dejaron. Por lo menos nunca tuvo hijos con ninguna y gracias a Dios, porque hubiese sido tan buen padre como marido. Ahora sus borracheras se daban con champán y vodka cara. Se vomitaba sobre su ropa Gucci y Armani, en carros deportivos. Y sonreía estúpidamente por todo esto porque pensaba que el invierno de su vida había pasado. Ja. Ja. Ja. Es verdad que por unos cortos meses estuvo realmente feliz, pero después de un rato la casa editora empezó a llamar.

      “Segundo, ¿cuándo nos vas a traer esa segunda novela?” le preguntaba la sonrisa falsa al otro lado del teléfono.

      “No se preocupen,” les decía, su voz gruesa con alcohol, “ya estoy trabajando en ella.” Y en la tiniebla de su mente yo me reía porque nada podría haber estado más lejos de la verdad.

      Cuando Segundo escribía, él me hablaba como si yo fuese real, y en su mente yo lo era. Yo nací con Segundo, soy parte de él, como su mano o su costilla, es por eso que él nunca puede olvidarme completamente ni controlarme. Nadie lo sabe, pero antes de esa primera novela, la que fue completada, Segundo escribió mi vida entera en una serie de libretas y pedazos de papel. Me dio un pasado, una personalidad, voluntad propia, me construyó en el transcurso de los años desde su juventud, hasta que se inventó una historia con potencial de libro y me pidió que se la narrara. ¿Sabes cómo algunos escritores dicen que sus personajes cobran tanta vida que son ellos en verdad los que escriben la historia, el escritor solo redactándola? Pues así paso con Segundo y conmigo. Claro que con la fama y riqueza que le trajo ese libro yo fui empujado al margen del olvido, a pulgadas del abismo de su subconsciente. Pero sólo fui ignorado hasta que se dio cuenta que esa segunda novela no le iba a salir sin asistencia. Ahí me empezó a hablar de nuevo. Yo me reía por la ironía cruel. Nunca me dio crédito por la primera y ahora, ¿quería que le escribiera otra? Bueno, bueno, bueno. . .

      La noche que me salí de la cabeza de mi autor él había estado pulsando con su maquinilla por varias horas, tenía la tercera botella de Black Label en la mano, y estaba gritando rabioso porque no tenía ni idea de qué escribir. Los cadáveres enrollados de como veinte principios descartados rodeaban el zafacón diminuto de su oficina en el apartamento en Madrid. Su esposa del momento estaba ya haciendo las gestiones para divorciarse y ya no vivía con él; estaba solo cuando gritó frustrado: “¡Rubén, dime qué hacer, carajo!” y comenzó a tragarse lo que quedaba en la botella.

      No sé cómo pasó ni por qué, pero fue ahí que me separé de él. Yo lo había estado contemplando en silencio desde el borde de su mundo onírico. Tenía ganas de matarlo en ese instante. Yo siempre tuve una pronunciada aversión a su decadencia animalística y su alcoholismo. Lo odiaba borracho, lo odiaba con pasión y cuando ese whiskey se estaba deslizando por su garganta, yo quería vomitar. Quiería salirme de ese cuerpo y pegarle al idiota ése que me creó. Y quería escribir. Más que nada quería escribir, tanto que el estómago se me apretaba. Me tapé la boca y cerré los ojos, combatiendo las náuseas, me mareé por un momento. Me sentí como dentro de un remolino. El aliento se me atasco en la garganta, abrí los ojos desesperadamente. Las ganas de vomitar se me fueron y me encontré en el medio de la habitación, parado frente a Segundo pero ni cuenta me di de que él y yo ya no eramos uno. Sin pensarlo, le arrebaté la botella de la mano.

      “¡Primero que nada, deja de beber, borracho desgraciado!” grité y se me cayó la botella de la mano. Había oído mi propia voz por primera vez

      Segundo brincó del susto, sus ojos abriéndosele como los de un búho y su cuerpo entero haciendo maromas de pez fuera del agua, tratando de salirse de su silla. Pero al darse cuenta de quién yo era, dejó la pelea con el asiento y los brazos y la boca le cayeron en sorpresa.

      “¿Rubén?” preguntó.

      “¿Qué tú crees?” le contesté severamente.

      “Pero, ¿cómo . . .?”

      “No me preguntes a mí, es tu mente. Ahora muévete, tengo que escribir.” Tenía el picor de la inspiración en los dedos.

      “ Pero, pero . . . Ay, Dios mio, estoy alucinando,” dijo, hundiéndose en el asiento. Me miró desde abajo, nuestras miradas chocando.  “¿Qué quieres de mí? ¿Por qué has venido?”

      “¿No eras tú el que querías que te dijera qué hacer?” le dije. “Pues aquí estoy. Ahora salte, que tengo que trabajar.”

      Lo saqué de la silla y me senté frente a la maquinilla.

      Me seguía mirando como si fuera Cristo resucitado, lo cual me molestaba pero lo ignoré. Se agachó a recoger la botella, sin quitarme nunca los ojos de encima. Después de eso, permanecimos en silencio.

      Ya para eso de las tres de la mañana, él había bebido hasta quedar inconsciente y yo había terminado el primer capítulo. Suspirando cansado, me despegué de las teclas que me habían dado a luz. Miré a mi autor tirado en el piso, pero no sin alguna compasión y no sin algún asco.

      En los meses que siguieron, Segundo y yo convivimos, yo escribiendo y él bebiendo. Después de esa noche se le metió en la cabeza a Segundo la idea absurda que yo era su amigo. Ajá. Honestamente, la única razón por la que yo me quedaba con él era porque no tenía a dónde más ir y porque quería terminar mi libro. Claro que hubo ocasiones cuando él estaba sobrio en que yo podía hablar con él, ya que era la única persona que me veía u oía, y en esos momentos breves hasta me caía bien. Pero al coger la botella lo dañaba todo. Yo lo observaba fríamente cuando bebía, mi odio creciendo con cada borrachera que se daba y cada chorro de neuronas que tiraba por la ventana. Sin embargo, el único momento en que yo podía escribir era cuando él estaba borracho. Si no, era inútil, mis manos atravesaban las teclas como un fantasma y se me iban las ideas. Pero mi odio era más de lo que podía aguantar. Era un odio grotesco, del cual yo no derivaba ningún placer, excepto la afirmación de que yo sí era real.

      Esa idea me obsesionaba. Con la excepción de que no tenía cuerpo físico propio, yo era un ser tangible e independiente. Cuando Segundo dormía, yo salía por la calle, invisible pero presente. Segundo se volvía loco cuando despertaba y no me encontraba. Cuando volvía, se ponía insolente y me gritaba como una madre a su adolescente rebelde. No lo aguantaba cuando hacía eso. Una cosa es un borracho, otra es un borracho bruto, gritándote y tirando cosas como un loco. Fue la noche que por poco destruye la maquinilla que decidí que tenía que deshacerme de él y conseguir mi propia vida.

      En ese tiempo estábamos nuevamente viviendo en Madrid. Era invierno, pero, con todo y eso, yo me entregué a la ciudad por dos días, caminando  por ahí solo, la voz lejana de Segundo en mi oído, pidiéndome que volviera. A la segunda noche, lo hice. Al entrar al apartamento, fui bienvenido con un florero lanzado a mi cabeza que falló y se rompió contra la pared.

      “¿Dónde carajo has estado, so . . .?” gritó mi autor, babeándose de vodka.

      “Segundo, cálmate y siéntate. Te estás agitando por nada.” Mientras dije esto, crucé la habitación hacia el fuego de la chimenea. Hacía un frío infernal afuera.

      Segundo se rio como si le hubiese contado un chiste y lo oí sentarse en una silla cómoda. Me viré para mirarlo.

      “Terminé la novela,” le dije y sonreí. “Pero ni te creas que vas a leerla.” Desde que había empezado a escribir, la había ocultado de Segundo. “Va a haber algunos cambios, Segundo.” Empecé a caminar hacia él. “Porque no hay manera en el infierno que tu nombre vaya a estar en mi libro. Estoy cansado de ser sólo una idea cuando sé que puedo ser tantas cosas más.” Me paré al lado de él y lo miré a la cara. “Y tú, que pudiste haber sido inmenso, verdaderamente un tremendo escritor, insistes en pudrirte con esa maldita adicción.” Puso su botella en el piso cuidadosamente. Lo dejé de mirar y seguí caminando. “Pues ya se acabó, Segundo.” Saqué a escondidas de mi bolsillo una soga que había robado de una tienda y me fui detrás de la silla. “Ya no tengo más uso para ti.” Cogí un extremo de la soga en cada mano. “Buenas noches, Luis.”

      Antes que pudiera reaccionar, puse la soga alrededor de su cuello y la apreté Brincó y me agarró las manos. Apreté la soga más y se me escapó una risa. Mi cara se contorsionó con el esfuerzo y el odio estremecedor. Iba a acabarle la vida a este desperdicio de la sociedad y con su muerte apoderarme de su cuerpo y su identidad. Una sonrisa tocó las esquinas de mi boca, cuando de repente la soga desapareció de mis manos y por poco caigo para atrás por la presión que le había estado poniendo. Miré mis manos y ellas también se habían desmaterializado. ¿Qué estaba pasando?

      La risa de Segundo salió como un insulto del frente de la silla, una risa horrible y sucia, y con una rabia que nunca había conocido antes, corrí al frente de él y le grité:

      “¿De qué te ríes, desgraciado?”

      Sonrió. “Ay, Rubén, hijo, cálmate. Te estás agitando por nada.” Pausó y me miró a los ojos. “Sabes que eres como un hijo para mí, pero por esto mismo es que nunca tuve hijos. Al final, lo único que harán es traicionarte y matarte, pero, ¿cuántos padres pueden leerles la mente a sus hijos? Yo sabía de tu plan, Rubén. Sabía que te ibas a desaparecer, que me íbas a matar, sabía todo. Yo sólo interpreté mi papel y dejé que te lo creyeras. Pero ya basta de juegos, mi hijo. Sólo hay una cosa que no sé y es lo que me falta: ¿dónde está la novela?”

      Me quedé callado. Lágrimas amárgas se estaban acumulando en mis ojos. La ira me apretaba la garganta.

       “Ay, no te pongas así,” me dijo. “Por Dios, tú solo eres un personaje, una noción. Nada tuyo es real, ni la insípida soga esa. Lo que escribes son mis ideas, lo que sientes son mis emociones. Todo eso es mio. Pero ya eso se acabó. Terminaste el libro y ya no tengo uso para ti. Nunca serás humano de sangre y hueso, Rubén, no puedes serlo y tú lo sabes. Ahora dime dónde está el maldito libro y regresa a mi mente donde perteneces.”

      “Párate,” le dije. Lentamente me obedeció. “Tu estudiaste a Freud, Segundo,” le dije, pausadamente, acercandome a él. “¿Te acuerdas?” Levanté el cojín y la madera que hacía el asiento de su silla. Con lo que quedaba de mis brazos saqué el manuscrito. Lo abracé a mi pecho antes de que Segundo me lo pudiera quitar y me alejé de él. “Freud,” seguí, “tenía la teoría de que la gente reprime los pensamientos que quiere olvidar en el subconsciente.” Llegué hasta donde estaba el fuego. Segundo me miró con ojos asustados y salió corriendo hacia mí, pero, sin pensarlo dos veces, tiré el libro entero a las llamas. Una página se me escapó y Segundo se tiró a cogerla pero la pisé con mi zapato antes de que pudiera. Me miró a los ojos desde el piso. “Pero en verdad,” le dije arrastrando el papel hacia el fuego, “no es la persona quien escoge qué pensamientos va a reprimir. Son los pensamientos mismos los que se reprimen.” El papel tocó fuego y yo desaparecí.

      Por unos momentos, Segundo se quedó sin moverse, viendo las páginas quemarse cuando se dio cuenta que no había páginas. No había libro, porque eso era mío y nada mío es real. Segundo empezó a reírse, reírse como un loco, pero lentamente sus risas se disolvieron en gritos.

      Me exilié a su subconciente y ni en sus sueños me dejo ver. Quiero que él sepa lo que es estar abandonado, como yo lo estuve. No se puede olvidar de mí, pero no me puede sacar a la luz para curarse de su soledad. Segundo será mi autor y yo su creación, pero eso no quiere decir que yo tengo que hacer lo que él diga. Acuérdate, yo soy autor también y fue él quien me hizo así.