Segundo (por Andrea Moya)

     Mi nombre es Rubén, ¿me reconoces? Deberías. Soy el protagonista de la primera, la mejor y la única novela del escritor Luis Segundo, el mismo que en estos instantes está sedado en un manicomio, babeándose y gritando bajo su aliento mi nombre, entre súplicas de “que vuelva, que vuelva por favor.” Pero a pesar de este llamado tan conmovedor de parte de mi creador no volveré. Prefiero el infierno de su mente que pasar un minuto más como una alucinación medio viva, medio imaginada y menospreciada. Yo soy real o pude haberlo sido, si no por esa noche infame cuando Segundo cayó en una pesadilla freudiana y yo caí con él. Quedé bajo sus ruinas atrapado, riéndome, alegrado por su desgracia como una venganza dulcemente sangrienta. Pero me estoy adelantando.

      No sé exactamente en qué momento de inspiración el esqueleto de lo que eventualmente fue mi historia publicada se le ocurrió a Segundo. A la gente le gusta pensar que los escritores sólo nos inspiramos con la luna, las nubes, cosas bellas y místicas así, en noches solitarias, cuando contemplamos el universo con ojos de poeta. Para mí que Luis Segundo estaba agachado encima de un inodoro, la cabeza rompiéndosele con la resaca de la borrachera que se dio la noche anterior solo en su apartamento. El punto es que dos años más tarde, al cumplir los treinta y cinco años de edad, Segundo terminó y publicó su primera novela. Fue un “bestseller” instantáneo. El público mundial devoraba la ficción de Segundo. No se cansaban de darle premios, mataban por entrevistarlo, el dinero que le entraba no le hubiese cabido en el apartamento minúsculo en el cual vivía. Era una estrella, un escritor “exitoso.” Se compró una casa en San Juan y un apartamento en Madrid, alternándose entre los dos dependiendo de en qué ánimo se encontraba o con quién estaba casado, porque fue con la publicación de su libro que empezó su cadena interminable de esposas y divorcios. Perdí cuenta de cuántas esposas lo dejaron. Por lo menos nunca tuvo hijos con ninguna y gracias a Dios, porque hubiese sido tan buen padre como marido. Ahora sus borracheras se daban con champán y vodka cara. Se vomitaba sobre su ropa Gucci y Armani, en carros deportivos. Y sonreía estúpidamente por todo esto porque pensaba que el invierno de su vida había pasado. Ja. Ja. Ja. Es verdad que por unos cortos meses estuvo realmente feliz, pero después de un rato la casa editora empezó a llamar.

      “Segundo, ¿cuándo nos vas a traer esa segunda novela?” le preguntaba la sonrisa falsa al otro lado del teléfono.

      “No se preocupen,” les decía, su voz gruesa con alcohol, “ya estoy trabajando en ella.” Y en la tiniebla de su mente yo me reía porque nada podría haber estado más lejos de la verdad.

      Cuando Segundo escribía, él me hablaba como si yo fuese real, y en su mente yo lo era. Yo nací con Segundo, soy parte de él, como su mano o su costilla, es por eso que él nunca puede olvidarme completamente ni controlarme. Nadie lo sabe, pero antes de esa primera novela, la que fue completada, Segundo escribió mi vida entera en una serie de libretas y pedazos de papel. Me dio un pasado, una personalidad, voluntad propia, me construyó en el transcurso de los años desde su juventud, hasta que se inventó una historia con potencial de libro y me pidió que se la narrara. ¿Sabes cómo algunos escritores dicen que sus personajes cobran tanta vida que son ellos en verdad los que escriben la historia, el escritor solo redactándola? Pues así paso con Segundo y conmigo. Claro que con la fama y riqueza que le trajo ese libro yo fui empujado al margen del olvido, a pulgadas del abismo de su subconsciente. Pero sólo fui ignorado hasta que se dio cuenta que esa segunda novela no le iba a salir sin asistencia. Ahí me empezó a hablar de nuevo. Yo me reía por la ironía cruel. Nunca me dio crédito por la primera y ahora, ¿quería que le escribiera otra? Bueno, bueno, bueno. . .

      La noche que me salí de la cabeza de mi autor él había estado pulsando con su maquinilla por varias horas, tenía la tercera botella de Black Label en la mano, y estaba gritando rabioso porque no tenía ni idea de qué escribir. Los cadáveres enrollados de como veinte principios descartados rodeaban el zafacón diminuto de su oficina en el apartamento en Madrid. Su esposa del momento estaba ya haciendo las gestiones para divorciarse y ya no vivía con él; estaba solo cuando gritó frustrado: “¡Rubén, dime qué hacer, carajo!” y comenzó a tragarse lo que quedaba en la botella.

      No sé cómo pasó ni por qué, pero fue ahí que me separé de él. Yo lo había estado contemplando en silencio desde el borde de su mundo onírico. Tenía ganas de matarlo en ese instante. Yo siempre tuve una pronunciada aversión a su decadencia animalística y su alcoholismo. Lo odiaba borracho, lo odiaba con pasión y cuando ese whiskey se estaba deslizando por su garganta, yo quería vomitar. Quiería salirme de ese cuerpo y pegarle al idiota ése que me creó. Y quería escribir. Más que nada quería escribir, tanto que el estómago se me apretaba. Me tapé la boca y cerré los ojos, combatiendo las náuseas, me mareé por un momento. Me sentí como dentro de un remolino. El aliento se me atasco en la garganta, abrí los ojos desesperadamente. Las ganas de vomitar se me fueron y me encontré en el medio de la habitación, parado frente a Segundo pero ni cuenta me di de que él y yo ya no eramos uno. Sin pensarlo, le arrebaté la botella de la mano.

      “¡Primero que nada, deja de beber, borracho desgraciado!” grité y se me cayó la botella de la mano. Había oído mi propia voz por primera vez

      Segundo brincó del susto, sus ojos abriéndosele como los de un búho y su cuerpo entero haciendo maromas de pez fuera del agua, tratando de salirse de su silla. Pero al darse cuenta de quién yo era, dejó la pelea con el asiento y los brazos y la boca le cayeron en sorpresa.

      “¿Rubén?” preguntó.

      “¿Qué tú crees?” le contesté severamente.

      “Pero, ¿cómo . . .?”

      “No me preguntes a mí, es tu mente. Ahora muévete, tengo que escribir.” Tenía el picor de la inspiración en los dedos.

      “ Pero, pero . . . Ay, Dios mio, estoy alucinando,” dijo, hundiéndose en el asiento. Me miró desde abajo, nuestras miradas chocando.  “¿Qué quieres de mí? ¿Por qué has venido?”

      “¿No eras tú el que querías que te dijera qué hacer?” le dije. “Pues aquí estoy. Ahora salte, que tengo que trabajar.”

      Lo saqué de la silla y me senté frente a la maquinilla.

      Me seguía mirando como si fuera Cristo resucitado, lo cual me molestaba pero lo ignoré. Se agachó a recoger la botella, sin quitarme nunca los ojos de encima. Después de eso, permanecimos en silencio.

      Ya para eso de las tres de la mañana, él había bebido hasta quedar inconsciente y yo había terminado el primer capítulo. Suspirando cansado, me despegué de las teclas que me habían dado a luz. Miré a mi autor tirado en el piso, pero no sin alguna compasión y no sin algún asco.

      En los meses que siguieron, Segundo y yo convivimos, yo escribiendo y él bebiendo. Después de esa noche se le metió en la cabeza a Segundo la idea absurda que yo era su amigo. Ajá. Honestamente, la única razón por la que yo me quedaba con él era porque no tenía a dónde más ir y porque quería terminar mi libro. Claro que hubo ocasiones cuando él estaba sobrio en que yo podía hablar con él, ya que era la única persona que me veía u oía, y en esos momentos breves hasta me caía bien. Pero al coger la botella lo dañaba todo. Yo lo observaba fríamente cuando bebía, mi odio creciendo con cada borrachera que se daba y cada chorro de neuronas que tiraba por la ventana. Sin embargo, el único momento en que yo podía escribir era cuando él estaba borracho. Si no, era inútil, mis manos atravesaban las teclas como un fantasma y se me iban las ideas. Pero mi odio era más de lo que podía aguantar. Era un odio grotesco, del cual yo no derivaba ningún placer, excepto la afirmación de que yo sí era real.

      Esa idea me obsesionaba. Con la excepción de que no tenía cuerpo físico propio, yo era un ser tangible e independiente. Cuando Segundo dormía, yo salía por la calle, invisible pero presente. Segundo se volvía loco cuando despertaba y no me encontraba. Cuando volvía, se ponía insolente y me gritaba como una madre a su adolescente rebelde. No lo aguantaba cuando hacía eso. Una cosa es un borracho, otra es un borracho bruto, gritándote y tirando cosas como un loco. Fue la noche que por poco destruye la maquinilla que decidí que tenía que deshacerme de él y conseguir mi propia vida.

      En ese tiempo estábamos nuevamente viviendo en Madrid. Era invierno, pero, con todo y eso, yo me entregué a la ciudad por dos días, caminando  por ahí solo, la voz lejana de Segundo en mi oído, pidiéndome que volviera. A la segunda noche, lo hice. Al entrar al apartamento, fui bienvenido con un florero lanzado a mi cabeza que falló y se rompió contra la pared.

      “¿Dónde carajo has estado, so . . .?” gritó mi autor, babeándose de vodka.

      “Segundo, cálmate y siéntate. Te estás agitando por nada.” Mientras dije esto, crucé la habitación hacia el fuego de la chimenea. Hacía un frío infernal afuera.

      Segundo se rio como si le hubiese contado un chiste y lo oí sentarse en una silla cómoda. Me viré para mirarlo.

      “Terminé la novela,” le dije y sonreí. “Pero ni te creas que vas a leerla.” Desde que había empezado a escribir, la había ocultado de Segundo. “Va a haber algunos cambios, Segundo.” Empecé a caminar hacia él. “Porque no hay manera en el infierno que tu nombre vaya a estar en mi libro. Estoy cansado de ser sólo una idea cuando sé que puedo ser tantas cosas más.” Me paré al lado de él y lo miré a la cara. “Y tú, que pudiste haber sido inmenso, verdaderamente un tremendo escritor, insistes en pudrirte con esa maldita adicción.” Puso su botella en el piso cuidadosamente. Lo dejé de mirar y seguí caminando. “Pues ya se acabó, Segundo.” Saqué a escondidas de mi bolsillo una soga que había robado de una tienda y me fui detrás de la silla. “Ya no tengo más uso para ti.” Cogí un extremo de la soga en cada mano. “Buenas noches, Luis.”

      Antes que pudiera reaccionar, puse la soga alrededor de su cuello y la apreté Brincó y me agarró las manos. Apreté la soga más y se me escapó una risa. Mi cara se contorsionó con el esfuerzo y el odio estremecedor. Iba a acabarle la vida a este desperdicio de la sociedad y con su muerte apoderarme de su cuerpo y su identidad. Una sonrisa tocó las esquinas de mi boca, cuando de repente la soga desapareció de mis manos y por poco caigo para atrás por la presión que le había estado poniendo. Miré mis manos y ellas también se habían desmaterializado. ¿Qué estaba pasando?

      La risa de Segundo salió como un insulto del frente de la silla, una risa horrible y sucia, y con una rabia que nunca había conocido antes, corrí al frente de él y le grité:

      “¿De qué te ríes, desgraciado?”

      Sonrió. “Ay, Rubén, hijo, cálmate. Te estás agitando por nada.” Pausó y me miró a los ojos. “Sabes que eres como un hijo para mí, pero por esto mismo es que nunca tuve hijos. Al final, lo único que harán es traicionarte y matarte, pero, ¿cuántos padres pueden leerles la mente a sus hijos? Yo sabía de tu plan, Rubén. Sabía que te ibas a desaparecer, que me íbas a matar, sabía todo. Yo sólo interpreté mi papel y dejé que te lo creyeras. Pero ya basta de juegos, mi hijo. Sólo hay una cosa que no sé y es lo que me falta: ¿dónde está la novela?”

      Me quedé callado. Lágrimas amárgas se estaban acumulando en mis ojos. La ira me apretaba la garganta.

       “Ay, no te pongas así,” me dijo. “Por Dios, tú solo eres un personaje, una noción. Nada tuyo es real, ni la insípida soga esa. Lo que escribes son mis ideas, lo que sientes son mis emociones. Todo eso es mio. Pero ya eso se acabó. Terminaste el libro y ya no tengo uso para ti. Nunca serás humano de sangre y hueso, Rubén, no puedes serlo y tú lo sabes. Ahora dime dónde está el maldito libro y regresa a mi mente donde perteneces.”

      “Párate,” le dije. Lentamente me obedeció. “Tu estudiaste a Freud, Segundo,” le dije, pausadamente, acercandome a él. “¿Te acuerdas?” Levanté el cojín y la madera que hacía el asiento de su silla. Con lo que quedaba de mis brazos saqué el manuscrito. Lo abracé a mi pecho antes de que Segundo me lo pudiera quitar y me alejé de él. “Freud,” seguí, “tenía la teoría de que la gente reprime los pensamientos que quiere olvidar en el subconsciente.” Llegué hasta donde estaba el fuego. Segundo me miró con ojos asustados y salió corriendo hacia mí, pero, sin pensarlo dos veces, tiré el libro entero a las llamas. Una página se me escapó y Segundo se tiró a cogerla pero la pisé con mi zapato antes de que pudiera. Me miró a los ojos desde el piso. “Pero en verdad,” le dije arrastrando el papel hacia el fuego, “no es la persona quien escoge qué pensamientos va a reprimir. Son los pensamientos mismos los que se reprimen.” El papel tocó fuego y yo desaparecí.

      Por unos momentos, Segundo se quedó sin moverse, viendo las páginas quemarse cuando se dio cuenta que no había páginas. No había libro, porque eso era mío y nada mío es real. Segundo empezó a reírse, reírse como un loco, pero lentamente sus risas se disolvieron en gritos.

      Me exilié a su subconciente y ni en sus sueños me dejo ver. Quiero que él sepa lo que es estar abandonado, como yo lo estuve. No se puede olvidar de mí, pero no me puede sacar a la luz para curarse de su soledad. Segundo será mi autor y yo su creación, pero eso no quiere decir que yo tengo que hacer lo que él diga. Acuérdate, yo soy autor también y fue él quien me hizo así.